La medida tuvo un masivo acatamiento en los gremios convocantes y también en los “oficialistas”. El movimiento obrero y el ADN kirchnerista. Una reconfiguración en curso en la interna de la burocracia sindical y la necesidad de una izquierda combativa y de los trabajadores.

Las vísperas de esta nueva jornada de paro nacional -el cuarto que se produce bajo el gobierno de Cristina Fernández-, prometían que la medida iba a ser contundente.

Pero una cosa es la posibilidad y otra cuando el hecho golpea con la crudeza de su realidad.

La huelga de este 31M fue inicialmente convocada por 22 gremios del transporte. La CGT y la CTA opositoras que conducen Hugo Moyano y Pablo Micheli y la “central” que responde a Luis Barrionuevo, la transformaron en un paro nacional. La huelga terminó convertida en un verdadero pronunciamiento de la clase trabajadora de todo el país.

Algunos dirigentes oficialistas, como el mismo Antonio Caló (UOM), Secretario General de la central que hasta ahora respondía al gobierno, habían afirmado que el reclamo “es legítimo” y dejaron en “libertad de acción” a sus afiliados. Con esta novedosa ubicación evidenciaban que la bronca también era extendida entre sus bases y tomaban distancia de un gobierno que se niega sistemáticamente a responder a las demandas de los sindicatos.

Con la excepción de los inefables Hugo Yasky (CTA oficialista) o Néstor Segovia (sindicato del subte), ninguno de los dirigentes de la central “oficialista” salió enfrentar públicamente la medida o a hacer algún esfuerzo para buscar vías alternativas para que sus afiliados puedan ir a trabajar. Algo muy parecido a “dejarlo correr”, muy posiblemente ante la evidencia de que sus bases igualmente se ausentarían. Aunque en fábricas como Lear, que viene de una lucha emblemática, fue el piquete el que impidió que la fábrica funcione. Y en muchas fábricas y empresas fueron las batallas dadas por el sindicalismo combativo, las que garantizaron la efectividad de la huelga.

El masivo acatamiento en los sindicatos que pertenecen a las centrales convocantes y la alta adhesión que se produjo en los gremios que están enrolados en la CGT “oficialista”, expresaron rotundamente un extendido malestar, no reducido al reclamo justo contra el impuesto al salario.

La paralización total de los sindicatos del transporte público de pasajeros, sobre todo de los choferes de la UTA y de los conductores de trenes de La Fraternidad, fue decisiva para el éxito de la medida.

Pero como dijimos cuando promediaba la jornada de este 31M: “la teoría de la supuesta ‘extorsión nacional’ impuesta por el paro del transporte o por los piquetes, frente a presuntos trabajadores que están desesperados por llegar a sus trabajos, se cae por su propio peso”.

La postal de este nuevo paro sintetizó la situación general por la que atraviesa el movimiento obrero, tanto en términos estructurales como en su experiencia subjetiva.

Se expresó no sólo el reclamo de aquellos que exigen terminar con el impuesto al salario, sino también el malestar general por el deterioro de las condiciones de todos los asalariados, pese a que no hay una situación económica catastrófica y de ataque generalizado a la condición obrera.

Se manifestó el fastidio por la pérdida del poder adquisitivo que produce la inflación o el peligro de que se pierdan los puestos de trabajo producto del estancamiento de la economía, ya que en último periodo hubo una sensible caída de los índices de empleo.

Pero además, se manifestó una bronca acumulada en esa franja de trabajadores que sufren duras condiciones de explotación y magros salarios, esa mitad de la clase obrera que gana menos de $5500, como los metalúrgicos que se concentran en los cordones industriales de Rosario, Córdoba o varias regiones del conurbano bonaerense, o los miles de contratados y tercerizados que existen en la inmensa mayoría de las empresas.

La nueva jornada de paro nacional y las polémicas que desató dejaron en evidencia también la fragmentación que existe en la estructura social de la clase trabajadora.

Por un lado, sectores concentrados en multinacionales o grandes empresas (mecánicos, petroleros, trabajadores del transporte o sectores del sindicato de la alimentación) que tienen salarios promedio superiores al conjunto de los trabajadores.

Por el otro, millones de obreros que laboran en empresas, algunas grandes, otras medianas o pequeñas, en condiciones de superexplotación, precariedad y con salarios miserables.

Esta situación es responsabilidad del Gobierno que, paradójicamente, para rebatir a los dirigentes que fueron al paro confiesa que después de 12 años de administración sostiene en esas condiciones a la mayoría de la clase obrera. Pero también es responsabilidad de todas las alas de la burocracia sindical, empezando por el mismo Moyano que fue un aliado estratégico del Gobierno hasta el 2011, avaló estas condiciones y hoy convoca a un paro limitado al reclamo por el impuesto al salario, con el objetivo adicional de trabajar para un nuevo proyecto político patronal que aún no definió (Macri, Massa, sin descartar Scioli).

La característica cualitativa de esta nueva jornada es que pese a esta realidad de división en las filas de la clase trabajadora, a la limitación programática y a los métodos de los convocantes, la mayoría de los trabajadores del país aprovechó el llamado y se hizo escuchar.

Hay una gimnasia práctica que llevó a algunas conclusiones después de la experiencia de cuatro paros generales. Si en algún momento, cuando el gobierno estaba más fuerte, amplios sectores de las bases obreras manifestaban dudas de participar en una medida convocada por dirigentes que trabajan para sus propios intereses, hoy se opta por ir al paro pese a la burocracia sindical. Así también, sectores cada vez más amplios llegan a la conclusión de que, con paros aislados, sin preparación ni debate en las fábricas o empresas, es difícil arrancar las demandas.

Una lección práctica de la necesidad del “frente único obrero” se impuso pese a todas estas condiciones: golpear juntos y marchar bien separados. Así lo explicó en una entrevista televisiva Claudio Dellecarbonara, dirigente de los trabajadores del subterráneo de Buenos Aires y flamante miembro del Secretariado Ejecutivo de la AGTSyP por la minoría.

Los piquetes del sindicalismo combativo y de la izquierda expresaron en las calles esa conclusión a la que está arribando una franja cada vez más amplia de la vanguardia obrera.

La contundencia del paro, en el inicio del grueso de la ronda de paritarias y la respuesta que dio el Gobierno “ninguneando” el mensaje de la jornada e incluso acusando a los trabajadores que reclaman de “poco solidarios”; abre la posibilidad de un vuelco en la situación que empuje a un salto en la conflictividad, pese a la coyuntura electoral. En esas circunstancias se inscribe la amenaza de un nuevo posible paro de 36 hs. que Barrionuevo planteó abiertamente y Moyano calificó como “más cerca del sí que del no”.

El kirchnerismo y la “cuestión obrera”

En la respuesta que dio por Cadena Nacional desde La Matanza el martes por la tarde, Cristina Fernández ratificó que su apuesta para lo que queda de su gestión e incluso para el futuro es el enfrentamiento con los trabajadores enrolados en los sindicatos. Fue destacada la ausencia de dirigentes sindicales relevantes en el acto y fue notorio el ofuscamiento de la Presidenta con el paro.

Desde la ruptura con Moyano, el kirchnerismo buscó refugiarse y sostener su corriente política con base en la combinación de una militancia juvenil pequeño burguesa y concesiones estatales a las franjas más pauperizadas de la población.

Pero en un país como la Argentina reñirse con la clase obrera, expresada distorsionadamente en la ruptura con la burocracia sindical, es como pelearse con la historia. Se puede gobernar con la clase obrera, incluso en determinadas condiciones sin la clase obrera, pero no contra la clase obrera.

Pero más allá de la posición en el Gobierno de la que está en retirada, el kirchnerismo busca una trascendencia, ya sea como parte de una futura coalición o directamente fuera del gobierno, al margen de la clase obrera organizada en los sindicatos. Ese es el costado más “frepasista” del kirchnerismo, el que más lo acerca a la experiencia de centroizquierda que acompañó a la debacle de la Alianza.

Hasta Menem tomó nota de esta situación y pese a que en años de derrota avanzó sobre todas las conquistas obreras que no había liquidado la dictadura, se encargó de mantener la alianza con los dirigentes sindicales traidores.

Y Scioli, que en el último tiempo viene posando de “cristinista”, salió a defender a Máximo Kirchner por las acusaciones de corrupción de Clarín como un kirchnerista convencido, pero con respecto al paro actuó como un fiel representante del sciolismo y mantuvo un moderado silencio.

La reconfiguración del poder de los sindicatos

La medida también evidenció una transición en la reconfiguración de los dirigentes sindicales, tanto con respecto al poder político como en su relación de fuerzas interna.

De conjunto, además de intentar contener el malestar en las bases, fue un mensaje a todos los que se candidatean como posibles sucesores de Cristina.

Las tendencias a la unidad que se expresaron en este paro e incluso los guiños mutuos que se realizaron las diferentes facciones (Barrionuevo “saludó” a Caló porque dejó en “libertad de acción” a sus afiliados), no garantizan la “hegemonía” de Moyano, ni de los líderes de los gremios industriales (UOM o SMATA) que hasta ahora están subordinados al gobierno.

La “estrella” de Moyano se fue opacando desde que rompió con el kirchnerismo y perdió el respaldo político -además de las concesiones económicas que su alianza con el Gobierno le garantizaban. Las fracasadas apuestas políticas que hizo luego de su alejamiento del oficialismo, también tienen su costo.

Por su parte, Caló o Pignanelli (SMATA) pagan el precio de haberse mantenido hasta el final con un gobierno que cada vez más enfrenta a los trabajadores sindicalizados, sumado al hecho de la crisis que vienen atravesando las industrias donde tienen sus afiliados.

Frente a ellos, surge un nuevo polo en los estratégicos sindicatos del transporte (UTA y La Fraternidad), ausentes en la conferencia de prensa que dieron Moyano y compañía y que pese a que algunos de sus dirigentes tienen simpatías con el Frente Renovador de Massa, se muestran con menos compromisos políticos y como fieles representantes de un “neovandorismo” clásico.

Este escenario abre un periodo de disputas en el seno de la burocracia sindical, luego de las divisiones de estos años, donde no está asegurada una clara conducción de ninguno de los dirigentes actuales.

Una izquierda de los trabajadores

La intervención del sindicalismo combativo y la izquierda del FIT en general y del PTS en particular, expresó en las calles de todo el país una alternativa tanto al Gobierno como a la limitada convocatoria de los dirigentes burocráticos convocantes.

Los piquetes que fueron mostrados por todos los medios nacionales, se realizaron bajo las banderas de las principales luchas que recorrieron al movimiento obrero en el último periodo (Lear, Donnelley, entre muchas otras) y con un programa que contenía la demanda contra el impuesto al salario, pero que incorporó la pelea por el salario al nivel de la canasta familiar de todos los trabajadores, contra la precarización laboral y el trabajo en negro. Y la defensa de la democracia al interior de los sindicatos, es decir, que sean los propios trabajadores los que decidan los reclamos y las medidas, única forma de conquistar la unidad.

Pero además, se manifestó con independencia política de las variantes pro-empresarias hacia las que todas las fracciones de la burocracia sindical quieren arrastrar al movimiento obrero.

La ratificación nuevamente en este paro del peso gravitante que tienen los sindicatos en la realidad argentina reafirma la necesidad estratégica de recuperarlos de las manos de la burocracia sindical. Una tarea para la que esencial una política que permita organizar ampliamente a las bases obreras, mediante múltiples medios, no solo sindicales sino también sociales y políticos.

Frente al escenario inmediato abierto por el paro y las paritarias, se impone la exigencia en los sindicatos de que las eventuales próximas medidas deben incorporar las demandas de todos los trabajadores: terminar con el impuesto al salario, pero también pelear por un sueldo mínimo igual al costo de la canasta familiar, la indexación inmediata de las remuneraciones de acuerdo a la inflación y acabar con toda forma de precarización o tercerización laboral. Pero sobre todo, las medidas deben ser discutidas y votadas en asambleas y con el método de la democracia obrera, la única manera de garantizar un plan de lucha unificado de toda la clase obrera y una posible alianza con los sectores populares.

En el marco de un año de fuerte disputa política que se manifestará en las múltiples elecciones que ya están en curso en las provincias y a nivel nacional, esta pelea en la clase obrera estará íntimamente ligada a las batallas electorales para fortalecer y desarrollar la alternativa política expresada en el Frente de Izquierda y de los Trabajadores.

Fernando Rosso

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