La primavera francesa

paris

Después de los atentados del 13 de noviembre en París, la instauración prolongada del estado de emergencia en nombre de la lucha contra el terrorismo ha dado alas a la política neoconservadora de Hollande y del gobierno de Valls. Creyeron que podían acelerar y atacar sin riesgo el resto de las conquistas históricas del movimiento obrero en el terreno del Código de Trabajo, para beneficio de una patronal que desde hace mucho tiempo espera una contrarrevolución thatcheriana como es debido. El proyecto de ley de trabajo denominado “El Khomri”, por el apellido de la ministra que lo redactó, se hizo público en la prensa a fines de febrero. En las antípodas de lo que anticipaba, ha suscitado desde principios de marzo una vasta movilización nacional.

 

Marzo, el punto de partida: redes sociales y presión de la juventud sobre las direcciones sindicales

Debutando con un petitorio contra la ley que contó con 1.200.000 firmas, con un verdadero efecto contagio en las redes sociales, el rápido inicio de la movilización en las universidades y escuelas secundarias con un fuerte llamado a una primera jornada de manifestación, el 9 de marzo, obligó a las direcciones sindicales a convocar también a esta jornada. La ley cristalizó años de bronca acumulada en todos los sectores de la sociedad golpeados de lleno por una lógica de precarización brutal y de destrucción de numerosas conquistas históricas del movimiento obrero en materia de derechos laborales; las condiciones estaban potencialmente reunidas para que renazca el “tous ensemble” (todos juntos) que había ganado en 1995 contra la reforma de la seguridad social, y en 2006 contra el CPE.

El gobierno supo destejer en parte esta posibilidad, apoyándose en una intersindical que no ha preparado seriamente más que una sola jornada desde el inicio del movimiento (el 31 de marzo), todavía batallando por que nada supere una jornada de acción de 24 horas, e incluso evitando a toda costa convocar a la huelga. En primer lugar, el gobierno ha recuperado el apoyo de la CFDT, sindicato con una política de colaboración de clases poderosamente implantado en el sector privado, con mucha disposición a traicionar a cambio de la eliminación o de la reformulación de algunos puntos sensibles, pero sin tocar el eje central de la ley que consiste en dar preeminencia a los acuerdos locales por empresas, en oposición a la supremacía de la ley del Código de Trabajo. Luego hizo una concesión salarial a los empleados públicos cuyo salario está congelado hace varios años, y finalmente dio respuesta a algunas reivindicaciones de larga data de la UNEF, principal sindicato reformista estudiantil, logrando que, en los hechos, desaparezca de la lucha contra la ley que se desarrolló en las universidades.

Por su parte, después de la fuerte huelga de ferroviarios del 9 de marzo, las direcciones sindicales del sector han hecho de todo para no unir su pelea por la reforma del estatuto de los ferroviarios a la lucha contra la ley trabajo, y esto pese a las convocatorias del movimiento estudiantil y a la voluntad de un sector de vanguardia entre los ferroviarios. Para terminar, el gobierno aceleró las negociaciones sobre el modo de indemnización de los trabajadores temporales del espectáculo: aun cuando falta que el acuerdo sea validado, en particular por el Medef, la operación ya ha logrado desmovilizar a una parte de ese sector combativo muy proclive a las dinámicas unitarias, cuya consigna “¡Lo que defendemos, lo defendemos para todos!”, lo atestigua.

 

El giro del 31 de marzo y la irrupción de Nuit Debout

El 31 de marzo, sin embargo, el pico de la movilización se queda en las calles, abriendo una nueva secuencia sobre todo por el fenómeno político Nuit Debout (Noche de pie) que, a partir de ese día, expresó a su manera el deseo de ir más allá del marco rutinario de las jornadas de manifestación aisladas de militantes o de personas comprometidas en el movimiento: desde entonces, se abrió una dinámica de ocupación de plazas y, en primer lugar, la Plaza de la República en París. El carácter inédito de este fenómeno en Francia ha enriquecido y complejizado la situación, desde ahora caracterizada por la existencia de tres “actores” o centros de gravedad que luego buscaron, sin lograrlo, converger concretamente y optimizar sus fuerzas mutuas. Estos son: el naciente Nuit Debout, el mundo del trabajo, organizado y canalizado ante todo por la intersindical nacional y pautado por jornadas de movilización muy espaciadas, y el movimiento de la juventud (universitaria y secundaria), que después de largas semanas de lucha pasa actualmente, fruto de su aislamiento y de la represión que este ha facilitado, por una fase de reflujo difícil de revertir en el contexto del final de clases.

Una fracción destacable, sobre todo en las bases más combativas, pero aún minoritaria en los trabajadores, la juventud y Nuit Debout, acuerdan de hecho en la necesidad de la “convergencia de las luchas”, pero esta concreción no se ha conseguido verdaderamente hasta ahora, especialmente por la falta de dirigentes capaces de constituirse como alternativas de dirección frente a las centrales sindicales, que quedaron muy débiles y minoritarias, en gran parte por la ausencia de una dinámica suficiente de huelga como forma de acción durante el movimiento.

 

Entre la “ocupación de las plazas” y la “huelga general”

Aun cuando la inspiración proveniente de los Indignados en el Estado español y de Occupy en EE. UU. constituyen un background sin el cual Nuit Debout no puede entenderse, los episodios propiamente franceses de la lucha de clases, las derrotas de 2003 y de 2010 sobre las jubilaciones en particular, con ese sentimiento de que las manifestaciones incluso masivas (3.500.000 en lo más alto en 2010) son insuficientes, juegan un rol clave en su nacimiento. ¿Qué expresa este fenómeno (que conoce a su vez una fase de estancamiento relativo), que desde hace más de un mes, mediante un conjunto de contrastes y de contradicciones, y sobre todo, una tensión entre las dinámicas “ciudadanas” interclasistas que buscan experimentar nuevas formas de discusión democrática y la lógica lucha de clases-convergencia de las luchas, se esfuerza desde su inicio en crear un puente con el movimiento obrero? Una amplia voluntad de recrear un “nous populaire” (nosotros popular) capaz de volver a tejer lazos de solidaridad y unidad contra la tiranía del capital, basada en un acuerdo compartido mayoritariamente, a pesar de existir mucha confusión política, sobre la necesidad de superar la dispersión en las luchas. Esta voluntad es una variante evidente del “tous ensemble” que busca reconstruirse con consciencia de sus fracasos anteriores: no es casualidad que Nuit Debout se haya lanzado a las calles inmediatamente después del 31 de marzo, la jornada de movilización más importante desde el comienzo del movimiento.

Pero esta “indignación a la francesa” de Nuit Debout tampoco ha logrado hasta ahora ser la fuerza centrífuga de la movilización actual, capaz de romper la rutina de las movilizaciones fragmentadas en sectores y organizaciones, y convocadas por jornadas aisladas, mientras constituye una caja de resonancia y una extensión que sirva para el enfrentamiento con el gobierno. Las discusiones sin fin sobre el bloqueo de los flujos de circulación, por un lado, y de la producción, por el otro, han ilustrado la incapacidad de elevarse conscientemente hasta el final para construir las condiciones en las que estos nuevos dirigentes podrían contribuir al fortalecimiento de la dinámica de autoorganización y de construcción, en empresas y oficinas, de un proceso de huelga indefinida capaz de generalizarse que, cuesta mucho arraigar por falta, sobre todo, de un sector capaz de estar a la vanguardia (como los trabajadores de refinerías en 2010, o los ferroviarios en 1995) además de no pocas veleidades en diferentes sectores obreros.

Nuit Debout encarna un creciente proceso político de reapropiación de un espacio-tiempo estructuralmente capturado por los poderes instituidos. Proceso tanto más progresivo dado que la calle y el espacio público han sido objeto de una militarización en aumento y de una represión histórica –y no hablemos de todo lo que Nuit Debout cristaliza y expresa sobre las aspiraciones a cambiar la sociedad, a reinventar y reconstruir una existencia colectiva solidaria y popular, contra el aislamiento, el repliegue y finalmente la invisibilización de su existencia y de sus combates–.

Lo que también debemos destacar de las “indignaciones” de 2011 es su fracaso total en desestabilizar realmente el poder capitalista y sus instituciones políticas. Ocupar las plazas, sí. Pero con la condición de unir a los trabajadores en lucha, de combatir toda lógica de dilución “ciudadana” del rol específico de la clase trabajadora, obrera o proletarizada bajo los efectos de la crisis (lo que amplía aún más el perímetro), por lo tanto, de articular ese proceso de ocupación del espacio público con la perspectiva de la huelga general: un “¡Bloqueemos todo!” esta vez podría tener un sentido íntegramente progresivo, como lo han mostrado una parte importante de los sectores más avanzados. Pero si Nuit Debout ha expresado claramente esta lucidez sobre los límites de las experiencias de 2011, fue hasta ahora sin poder hacer germinar esa dirección alternativa clara en su hipótesis estratégica, debilidad alimentada, por otro lado, por el hecho de que la CGT, principal sindicato del movimiento, nunca propuso otra cosa que perspectivas puramente reformistas a la movilización actual, posicionándose incluso como un freno al pasaje al acto de la huelga indefinida. Es entonces una doble batalla, a la vez contra las direcciones burocráticas “clásicamente” reformistas, y las perspectivas “indignadas-neorreformistas”, que intentaron emprender los sectores más conscientes para evitar que esta “indignación a la francesa” quede en punto muerto. Pero esta doble batalla, que continúa, no ha logrado alcanzar sus objetivos por el momento.

 

Represión y violencia de Estado: la experiencia de toda una juventud

El giro más bonapartista del régimen comenzó en 2014 con la llegada de Valls al gobierno, inaugurando una estrategia de la tensión1 y de guerra contra el enemigo interior, con prohibiciones de manifestarse en apoyo del pueblo palestino. Este giro no hizo más que intensificarse desde entonces. Aprovechando los atentados terroristas y la instauración del estado de emergencia, el régimen de dominación policial que se extiende hace decenas de años en las banlieues, sostenido sobre un poderoso racismo de Estado heredado de la era colonial, y que ya se había instaurado de manera localizada durante la revuelta de 2005, se extendió al conjunto de los movimientos de lucha y protesta, especialmente alrededor de la ZAD (Zona a Defender)2, pero también sobre las luchas obreras y las acciones sindicales. La muerte de un joven ecologista de 21 años en noviembre de 2014 en Sivens, cerca de Toulouse, cristalizó esta situación, suscitando en particular el desarrollo de corrientes autonomistas animadas por un odio profundo a la policía.

La primavera de 2016 no ha hecho más que exacerbar este cóctel explosivo: no hay manifestación, protesta o acción de la juventud que pueda hacerse sin la presencia de un dispositivo policial desproporcionado que, a paso cuasi-militar (con policías de civil, brigadas especiales, helicópteros) busca cercar, provocar, gasear, golpear y detener a cortejos totalmente pacíficos –donde la existencia de pequeños grupos de black blocks o similares son utilizados como espantapájaros por los medios, para dividir y desacreditar las movilizaciones, y especialmente separar a las centrales sindicales de la juventud–. La juventud, en este contexto, ha experimentado la arbitrariedad de la violencia del Estado, y de hecho cómo esta violencia está integralmente al servicio de mantener el orden estable: no hay dudas de que esto ha jugado un rol en el hecho de que no se llegó a una verdadera masificación de esta vanguardia amplia. Al mismo tiempo, la radicalización y la politización acelerada de esta franja de la juventud que ha entrado a la batalla no es comprensible sin esta experiencia repetida de la represión, que por otra parte es objeto de una creciente condena entre los universitarios, sectores de la sociedad civil, artistas, profesionales de la salud, etc., y que pegó un salto luego de la manifestación parisina del 1 de mayo.

 

El retorno ideológico de un anticapitalismo de vanguardia

Después de años en los que prevaleció el proverbio thatcherista según el cual “no hay alternativa al capitalismo”, el movimiento actual contra la ley del trabajo, amplificado por el fenómeno Nuit Debout y alimentado por esta experiencia contra la represión, comienza a golpear este pensamiento único, y más aún cuando la crisis económica, la pérdida de competitividad y la declinación industrial francesa, obligan a los contendientes de derecha por el palacio Eliseo para 2017, a identificarse más abiertamente (y no de manera oculta como Hollande) con Thatcher. La ausencia de perspectivas y de esperanza en las clases explotadas y oprimidas, que prevaleció hasta ahora, incluso en los sectores más avanzados, y que fue el caldo de cultivo para el partido de la desesperanza que es el Frente Nacional, puede ahora comenzar a declinar.

Entre la mitad de los años ‘90 y el primer decenio del siglo XXI, Francia, como Italia, estuvo a la vanguardia de la lucha de clases. En el caso francés, la huelga de noviembre-diciembre de 1995 cambió el clima, entonces favorable al neoliberalismo, dando nacimiento a un pensamiento político antiliberal así como a corrientes ligadas al mismo, que posteriormente mostraron su impotencia y su capitulación frente a las guerras imperialistas y las políticas de austeridad capitalista, reforzadas con la crisis de 2007-2008. Pero como muestran la juventud y los debates de Nuit Debout, la reflexión sobre una sociedad alternativa, otro mundo distinto de “la ley El Khomri y su mundo”, como dice el slogan diseminado ampliamente, han penetrado de manera profunda y las aspiraciones utópicas tienen ahora una nueva escala. La definición burguesa de lo posible o imposible comenzó a moverse.

Hoy, el movimiento de la lucha de clases en Francia todavía está peleando por superar las dificultades relacionadas con la concreción y preparación de una vanguardia obrera y estudiantil que luche por la huelga general. Sin embargo, los trabajadores y los jóvenes se muestran extremadamente audaces, al nivel de las ideas, mostrando las particularidades que tiene el movimiento en comparación con el movimiento de los Indignados español e incluso con Ocuppy Wall Street. A diferencia de estos dos ejemplos, lo que está en tren de nacer es un anticapitalismo compartido por una amplia vanguardia que podría convertirse en una bandera alrededor de la cual agruparse y luchar. Esto es, estratégicamente, mucho más peligroso para la burguesía francesa que una simple victoria reivindicativa, aunque es cierto que el resultado de la lucha contra la ley del trabajo podría acelerar o retrasar esta cristalización política. Es por esto que este espectro naciente del anticapitalismo preocupa y es duramente atacado por los intelectuales reaccionarios, los medios dominantes y la mayor parte de los sectores políticos, particularmente los de la derecha.

 

Perspectivas

Por los límites que ya mencionamos anteriormente, y que por el momento no han podido superarse, y mientras el sector más explosivo, los estudiantes, llega al final de las cursadas y los exámenes finales, lo más probable, en la relación de fuerzas actual, es que movimiento no consiga obtener la retirada total de la ley en este período. Sin embargo, esta situación podría cambiar si en los próximos días un sector estratégico o significativo de los trabajadores entra en huelga indefinida y da un nuevo impulso al movimiento. En un contexto en el que la política de las direcciones de los sindicatos ferroviarios es muy corporativa, la huelga convocada por los camioneros para reclamar el retiro de la ley del trabajo es prometedora y puede conducir a un nuevo enfrentamiento con el gobierno. Por ahora esta perspectiva sigue siendo incierta, pero podría materializarse. Sin embargo, esto no significa que el gobierno tenga un camino totalmente libre para imponer el voto de la ley: en ausencia de apoyo de la derecha, que denuncia algunos retrocesos de Hollande del proyecto original en respuesta a la movilización, y las contradicciones de su propia mayoría parlamentaria, podría verse obligado a imponer la ley por decreto. Entonces, con una bronca creciente contra el autoritarismo y contra la represión policial, ¿podemos descartar que esta sea la chispa que encienda una nueva etapa de la confrontación? Imposible saberlo por ahora, pero es seguro que tendría un costo político enorme.

Sea cual sea su resultado, la lucha actual representa un hecho político importante: por primera vez desde 1981 y la llegada al poder de Mitterand, un gobierno oficialmente de “izquierda” es confrontado por una lucha masiva proveniente de su propia base electoral y social. Esta ruptura definitiva del “pueblo de izquierda” con el PS podría abrir una serie de fenómenos políticos rompiendo las válvulas de seguridad que el apoyo de la izquierda otorga en el corazón de la estabilidad del régimen bonapartista reaccionario de la Quinta República. Desde este punto de vista histórico, y a pesar de todos sus límites, la movilización actual representa la apertura de un nuevo ciclo de lucha de clases cuyas consecuencias exigen de todos aquellos que luchan, y en particular de los revolucionarios, armarse teórica y políticamente a la altura de los obstáculos a superar, así como desplegar todas las potencialidades y energías que se expresaron en estos meses en el mal llamado país de los “derechos humanos”.

 

Traducción: Rossana Cortés y Gastón Gutiérrez

 

  1. La estrategia de la tensión surge en Italia como una política del Estado de manipulación y atemorizamiento de la opinión pública a través de la falsa atribución de atentados a “organizaciones terroristas” (como el de la Piazza Fontana de 1969 perpetrado como parte de la Operación Gladio y que fue atribuido a las Brigadas Rojas). El objetivo de la estrategia de tensión era crear una situación de alarma y tensión durante la Guerra Fría, que justificara la instalación de un estado policial.
  2. Las ZAD (Zonas A Defender o Zonas de Autonomía Definitiva) son una forma de resistencia desarrollada en Francia en las últimas décadas, consistente en la ocupación de territorios urbanos (casas, predios, negocios abandonados) con el fin de “sustraerlos” de la lógica capitalista. Toma su nombre de las 1.200 hectáreas originariamente destinadas a la construcción del tercer aeropuerto más grande de Francia (Zone d’Aménagement Différé) que, al quedar deshabitadas y abandonadas, se transformaron en un ecosistema de reproducción de especies amenazadas. En 2003, el proyecto del aeropuerto volvió a cobrar fuerza generando la resistencia de ecologistas, anarquistas y autonomistas, autodenominados “ZADistas”.
Juan Chingo

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