Entre los días 17 y 19 de abril de 1961 el pueblo cubano le propinaba al imperialismo yanqui su primera derrota militar en América Latina y se declaraba abiertamente el “carácter socialista” de la revolución cubana. Sin embargo, hoy este aniversario de Playa Girón encuentra a la isla en una dinámica completamente distinta, encaminada por los mismos dirigentes de aquél entonces hacia la restauración capitalista.

 

Con la victoria en Playa Girón, se coronaba la primera revolución obrera y campesina en el continente que en apenas dos años de haber derrocado al dictador Fulgencio Batista, expropió a los capitalistas y terratenientes y echó a los monopolios que expoliaban al país, demostrando que ésta era la única forma de resolver esa gran tarea histórica: romper la sumisión semicolonial al imperialismo.

Las grandes reivindicaciones obreras y campesinas de acabar con la sangrienta dictadura, repartir la tierra entre quienes la trabajan, acabar con una desocupación estructural de más del 25%, así como conquistar la salud y educación universales, sólo se consiguió desmontando por completo al ejército batistiano y demás fuerzas de represión, nacionalizando la industria azucarera y expropiando los centrales y cañaverales, así como las grandes empresas yanquis que controlaban la electricidad, el petróleo y demás resortes fundamentales de la economía.

El programa simplemente democrático de Fidel Castro y del Movimiento 26 de Julio, que pretendía restaurar una democracia parlamentaria en base a la constitución de 1940 y aplicar una reforma agraria moderada, fue rápidamente superado por el propio enfrentamiento, irreconciliable, entre la clase obrera y demás sectores explotados y oprimidos por un lado, y la gran burguesía terrateniente y el imperialismo por el otro.

Mientras los primeros empujaban, machete en mano, al gobierno a medidas cada vez más radicales, los segundos radicalizaban su resistencia con sabotajes de todo tipo. Desde económicos, como la progresiva reducción de la compra de azúcar o la negativa a refinar el petróleo para abastecer de combustible al país por parte de EEUU, hasta abiertamente terroristas incendiando cañaverales, poniendo bombas en generadores eléctricos, zonas portuarias y de acopio y hasta lugares de concurrencia pública con saldos de decenas de muertos y heridos.

Las Milicias obreras y populares

El M26 se estremecía en medio de esta situación y sus sectores más de derecha rompían con el gobierno y hasta lo enfrentaban abiertamente pasándose en los hechos al bando de la reacción. Los elementos contrarrevolucionarios dispersos luego de la disolución de las fuerzas represivas del régimen de Batista comenzaban a reagruparse impulsados por los terratenientes (conocido como “bandidismo”), acosando a los campesinos y perturbando la producción.

Ante esta creciente tensión social y política, Fidel Castro llamó al pueblo a organizarse por la revolución. La medida fue ratificada por el décimo Congreso de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC) en noviembre de 1959 y por distintos sindicatos y organizaciones populares como la Federación Nacional de Trabajadores Azucareros en abril de 1960, la mayoría de las cuales había sido recuperada de la burocracia sindical aliada a Batista (conocida como mujalismo). El 4 de marzo de 1960 se produjo un nuevo atentado contrarrevolucionario con la voladura del buque francés La Coubre que traía armas y municiones, con un saldo de 70 muertos y 200 heridos.

Los trabajadores, campesinos y estudiantes que venían movilizándose, tomando centrales y empresas, acudieron masivamente a organizarse en las Milicias Nacionales Revolucionarias y los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) para sostener las inmensas conquistas sociales con las armas en la mano. En pocos meses las Milicias se nutrieron de cientos de miles de obreros y campesinos quintuplicando las fuerzas que había tenido el ejército de Batista.

Los trabajadores en las fábricas o en el campo acudían a los centros de entrenamiento en sus horas libres, luego del trabajo diario y en días domingo para aprender el uso de las armas, nociones básicas de la guerra e incorporar la necesaria disciplina militar. Las escasas armas disponibles (copadas al ejército de Batista) hacían que en la mayoría de los casos se debieran entrenar con palos simulando los fusiles, en una imagen muy similar a las milicias españolas de 1936.

Los “viejos” combatientes guerrilleros se transformaron en los nuevos instructores militares, sin dejar por ello sus puestos de combate. Posteriormente, entrado ya el año 1960, comenzarían a llegar los especialistas militares de la Unión Soviética junto a importantes envíos de armas y municiones, incluyendo armas pesadas, tanques y artillería. Los trabajadores del campo y la ciudad se transformaron así en los guardianes de sus propios lugares de trabajo y en la mayor reserva de combatientes del Ejército Rebelde que contaba con unos pocos miles de soldados. Las Milicias fueron también la clave para combatir al “bandidismo” contrarrevolucionario que funcionó entre 1960 y 1965 en las sierras de toda la isla.

La batalla de Bahía Cochinos

En 1961 la tensión con EEUU llegaba a su clímax, quedando cada vez más clara la imposibilidad de negociar o convivir pacíficamente con el imperialismo. El presidente demócrata J. F. Kennedy rompió relaciones diplomáticas y cortó definitivamente la compra de azúcar en los primeros meses del año. La CIA venía desde hacía meses organizando un ataque militar contra Cuba y fomentando los actos terroristas y de boicot a la economía para generar un ambiente de caos propicio para la intervención armada. Con el apoyo directo de los gobiernos cipayos y represores de la región organizó un ejército de mercenarios financiado y armado por EEUU.

El 15 de abril la fuerza aérea yanqui, pintando traicioneramente insignias cubanas en los aviones, bombardearon los aeropuertos cubanos para tener la supremacía aérea que facilitara la invasión.
El gobierno cubano declaró el alerta y movilización general del pueblo y de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, cuya columna vertebral eran el Ejército Rebelde y las Milicias. Al mismo tiempo señaló Fidel Castro una realidad indiscutible: el imperialismo atacaba porque no toleraba una revolución de “carácter socialista” en América latina.

El 17 de abril se produjo el desembarco en Bahía Cochinos por Playa Larga. El pequeño contingente de milicianos intentó repeler la invasión pero fue superado en número y armamento. Sin embargo esta heroica resistencia retrasó el avance mercenario y dificultó que se consolidara una “cabecera de playa”. Al día siguiente los combates se extienden a Playa Girón y el poblado de San Blas y comienzan a llegar las columnas del Ejército Rebelde y las Milicias, incluyendo tanques y artillería. Mientras tanto, la pequeña fuerza aérea revolucionaria acosó sin tregua a los buques yanquis que debieron retirarse mar adentro.

Con los enfrentamientos finales en Playa Girón que culminaron el 19 por la tarde, la invasión era frustrada y miles de mercenarios eran hechos prisioneros para rendir cuentas ante el pueblo cubano. La movilización revolucionaria de las masas a través de las Milicias había dado por tierra en apenas tres días con la agresión imperialista y mercenaria. Estas organizaciones de las masas revolucionarias, Milicias y CDR, fueron posteriormente asimiladas al proceso de “institucionalización de la revolución” (1965-1975) con el que la burocracia castrista, apoyada en la autoridad que le daba haber dirigido el proceso revolucionario, terminó aplacando la energía combativa y el espíritu crítico de obreros y campesinos e imponiendo el reaccionario régimen de partido único que aún continúa vigente.

A 54 años de Playa Girón

Pero el imperialismo había perdido un país al que consideraba casi una colonia de su propio patio trasero, a apenas 180 kilómetros de distancia. La economía nacionalizada y la victoria de abril de 1961 significaron un triunfo colosal para todos los explotados y oprimidos proyectándose como símbolo de lucha sobre decenas de miles a lo largo de todo el continente. Tal fue el impacto de esta revolución en las narices del amo yanqui, que la Segunda Declaración de La Habana (1962) encabezada por Fidel Castro y “los barbudos” levantaban el grito: “El deber de todo revolucionario, es hacer la revolución”.

Sin embargo, en este nuevo aniversario de aquella gesta heroica, ese lema se ha hecho tan ajeno a la dirigencia del Partido Comunista de Cuba que hasta es difícil recordar que alguna vez lo pronunciaron. Raúl Castro, con el apoyo de Fidel desde su retiro, impulsa una nueva e histórica apertura económica que comenzó en 2008, la que dio un salto en 2011 con la implementación de los Lineamientos votados por el VI Congreso del partido, y se ha acelerado vertiginosamente a partir de la reanudación de las relaciones diplomáticas entre La Habana y Washington el 17 de diciembre de 2014. La orientación actual es la opuesta a la que coronó la batalla de Girón.

Con la excusa de resolver el estancamiento económico y mejorar la precaria situación social de millones, la burocracia castrista se corre cada vez más a la derecha:le abre las puertas a los capitales extranjeros, incluyendo al poderoso “exilio de Miami” que ahora puede “invertir” en la isla.

Grandes negocios inmobiliarios están teniendo lugar en torno a la inmensa industria turística de la isla, mientras la crisis habitacional que afecta a millones de cubanos sigue sin resolverse. Como parte de esta orientación, la burocracia gobernante encabeza en el continente el acercamiento político de los gobiernos “progresistas” a Washington como se vio en la reciente Cumbre de las Américas.

Aunque todos los socios “nacionales y populares” de la dirigencia cubana, como Cristina Fernández, Dilma Rousseff, Evo Morales, Nicolás Maduro, etc., quieran vendernos la apertura económica pro mercado y la reanudación de negociaciones directas con EEUU como un “triunfo de la revolución cubana”, lo cierto es que de darse la restauración capitalista será un gran triunfo para el imperialismo y los monopolios, no solo en Cuba sino a nivel continental. Lo fortalecería para aplicar en nuestros países sus planes políticos, económicos y, eventualmente, militares.

El deber de la izquierda revolucionaria es alertar de este peligro a la vanguardia obrera y popular de todo el continente y no caer en los engaños de gobiernos que, con un discurso “popular”, están aplicando ajustes contra los trabajadores y el pueblo como Dilma en Brasil o Cristina en Argentina. No se le “hace frente” al imperialismo con lecciones de historia, como pretendió Cristina en la Cumbre de las Américas y mientras tanto en el país los monopolios trasnacionales controlan de forma directa más del 40% de la economía nacional y cada vez se le hacen más y más concesiones. Tampoco calificando a Obama como un “hombre honesto”, como dijo Raúl Castro, cuando está demostrado por toda la experiencia histórica (a 54 años de la invasión) la imposibilidad de poder pactar con el imperialismo que pretende la subordinación económica y política de nuestros países.

Qué lejos está la dirigencia cubana de aquellas palabras revolucionarias del Che Guevara que hoy, cuando EEUU intenta “retornar” a Latinoamérica, se debería recordar con toda seriedad: “al imperialismo, ni tantico así”.