La posibilidad de un acuerdo entre Podemos e Izquierda Unida para una candidatura común en las elecciones generales se fue al garete. Pablo Iglesias dice “no podemos” a la propuesta de “coalición” planteada por IU. Alberto Garzón reniega de su inclusión en las listas de Podemos. El programa y la estrategia, los grandes ausentes en el debate.

La ruptura de negociaciones entre Podemos e IU llegaron a su fin este martes. Una reunión entre ambas organizaciones terminó con sendos comunicados dando por finalizado el diálogo. Cada una, sin embargo, ha explicado las cosas según su conveniencia.

El relato de Podemos, expresado este miércoles por la número tres del partido, Carolina Bescansa, se resume en que IU quería un “acuerdo de cúpulas” para el armado de una coalición electoral con Podemos. Para la secretaria de Análisis Político de Podemos, IU puso sobre la mesa una “línea roja” que se daba de bruces con la hoja de ruta morada, que es forjar alianzas territoriales en las que la marca Podemos sea el paraguas de la tan ansiada “unidad popular”. Para este fin Podemos ofreció a Garzón que “se incorporase a las listas del cambio”, una idea que se estuvo conversando mucho, pero finalmente “no pudo ser”, dijo Bescansa. Y para zanjar el tema, agregó: “Podemos no nació para cambiar IU, el PSOE ni ningún otro partido”.

Las explicaciones desde las filas de IU fueron otras. En una rueda de prensa en el Congreso de los Diputados -también este miércoles-, el candidato de IU a la Presidencia del Gobierno, Alberto Garzón, manifestó su “sorpresa” por la decisión “unilateral” de Podemos de anunciar el fin de las conversaciones. Para Garzón, “ayer fue un día de felicidad para PP y PSOE”, porque la decisión de la gente de Iglesias “beneficia al bipartidismo”.

El diputado de IU por Málaga desmintió además que su partido planteara ninguna “línea roja” en relación al formato jurídico para presentarse a las elecciones del 20 de diciembre, y renegó de que su inclusión como candidato en las listas de Podemos haya sido un punto central del debate. No tengo ni “mánager ni cláusula de rescisión”, se defendió Garzón, al tiempo que criticó el “mercado de fichajes” en el que ha caído Podemos.

Lo cierto es que hace meses que Pablo Iglesias se ha dedicado por activa y por pasiva a cortejar a Alberto Garzón para que diera el salto a Podemos. De hecho, así lo reafirmó ayer desde Estrasburgo -donde acudió a escuchar el discurso del Rey Felipe VI en el Parlamento Europeo-, alegando que Alberto Garzón “sumaría” más con Podemos que “siguiendo otro camino”.

El líder de Podemos considera que su ofrecimiento fue una muestra de “valentía” de su parte, un esfuerzo para “abrir una vía” a gente valiosa con el carnet de otros partidos. Pero esta visión autocomplaciente esconde al menos dos elementos clave: por un lado, que Iglesias ha operado conscientemente para denostar a Izquierda Unida (y a la izquierda en general, sin importar su signo) y degradar a Garzón, a veces del modo más ruin, con el objetivo de desmoralizarlo primero, y llevarlo derrotado a su propio redil después. Por otro lado, que Podemos ya no es la maquina electoral que hace meses sobrepasaba los 20 puntos en las encuestas.

En efecto, los esfuerzos por “fichar” a uno de los pocos dirigentes populares que aún mantiene Izquierda Unida se intensificaron desde el verano, al calor del declive de Podemos en las encuestas. Pero se tornaron aún más frenéticas después del fracaso de Catalunya sí que es pot en las elecciones catalanas. Ahora más que nunca la formación morada necesita “fichajes estrella” para repuntar. Eso sí, siempre y cuando la papeleta sea de Podemos y los que vengan se subordinen a la “hoja de ruta” de Iglesias y sus amigos.

En síntesis, una mezcla de malicia, arrogancia y disimulada debilidad. Ese fue el coctel que ofreció Podemos en las “negociaciones” con IU.

Como contraparte, la política de IU y Garzón fue completamente errática. Con encuestas que le daban en los peores casos un 2%, desde la irrupción de Podemos IU está buscando cuál es la mejor vía para sobrevivir después de años de adaptación a las reglas de juego del Régimen, pactos insostenibles como con el PSOE en Andalucía y escandalosos casos de corrupción en sus filas.

Ante la negativa de Iglesias a debatir siquiera la posibilidad una candidatura unitaria “a la izquierda” del PSOE, en IU se barajaron –y hasta se aprobaron en la Presidencia Federal- líneas contradictorias entre sí.

Cayo Lara ha defendido la postura de que IU no debía diluirse en otras siglas y que cualquier pacto debería establecerse en un “ámbito estatal”. Tiene sus razones. Las municipales, aunque fueron un buen negocio para algunos sectores de IU que se presentaron como parte de las nuevas “candidaturas ciudadanas”, borró literalmente las siglas de la organización del mapa político. Por su parte, Garzón ha defendido hasta ahora una línea opuesta: participar de las próximas elecciones generales dentro de “Ahora en Común”, negociando candidaturas por comunidades y sin llevar las siglas propias de IU.

Estrictamente, Garzón se erigió en representante de una línea intermedia entre la rendición incondicional que exigía Iglesias y la “defensa del chiringuito” de Lara. La táctica fue copar Ahora en Común, una iniciativa que inicialmente surgió por fuera de su control, y desde allí negociar en mejor relación de fuerzas con Podemos una candidatura del estilo “Podemos +”, algo como lo que propugnaba hace tiempo Juan Carlos Monedero. Entre tanto, Alberto coqueteó con Pablo y viceversa, en un culebrón que dio titulares semanalmente desde el fin de las vacaciones.

Pero esta variante entró en crisis rápidamente. Ahora en Común se ha transformado en poco tiempo en una plataforma sin más vida que la de las distintas familias de IU y el PCE que aun habitan, y no muy amigablemente, en su seno. Sus fundadores rompieron públicamente denunciando que la iniciativa se había transformado en poco más que una cueva de “disputas internas” y “pactos por arriba”. Poco después le siguió Equo, endulzada con la promesa de integrarse en las listas de Podemos. Esto sin contar cientos o miles de independientes que se han desilusionado viendo el espectáculo desde la tribuna.

Pero a este escenario se sumó el resultado de las catalanas, de las cuales IU también hizo su lectura política. Si Podemos concluyó que lo que “anduvo mal” fue que Podemos no era claramente reconocible en la candidatura, para las huestes de Garzón lo que pasó fue como en la física: la suma de ICV-EUiA y Podemos, en vez de sumar, terminó restando (algo que, en números duros, fue así).

Y así llegamos a la famosa cita del martes pasado en las que, envalentonado, Garzón pareciera haber resumido en una sólo línea la de Cayo Lara y la propia: candidatura unitaria sin abdicar, por ahora, de presentarse en las internas de Ahora en Común para una futura negociación. Podemos, como era de esperarse, dijo que no. Y allí se terminó el diálogo.

Así las cosas, todo indica que ambas formaciones seguirán caminos distintos hacia las próximas elecciones en todo el estado, un escenario en el que Podemos se queda bastante solo, aunque IU no tiene un mejor panorama. A excepción, por ahora, de Catalunya y Galicia, donde los acuerdos se mantienen… salvo que el diablo también meta allí la cola.

Lo extravagante del caso sin embargo, al menos para quienes defendemos la necesidad de que surja una alternativa claramente de izquierda, anticapitalista y de clase frente a los partidos del Régimen del ‘78, es que en todo el debate, de lo único que no se habló fue de lo importante: qué programa y qué estrategia.

Es que desde ese punto de vista, vistos en profundidad, Podemos e Izquierda Unida son indistinguibles políticamente. Ambas formaciones defienden una estrategia de regeneración de la democracia liberal y humanización del capitalismo. Con matices programáticos, sí; discursivos y “simbólicos”, también; pero en el fondo, con una misma lógica reformista.

En respuesta al último desplante podemista, Garzón anunció que se va a centrar en su programa, que es mucho “mejor” y “más ambicioso” que el de Podemos, que “ha girado al centro” desde las europeas de 2014. Pero la afirmación tiene todos los visos de ser un manotazo de ahogado, viniendo de quien 24 horas antes seguía pidiendo a gritos la “confluencia” con los mismos moderados.

Lejos del culebrón mediático, lo urgente es abrir el debate sobre cómo hacer que los trabajadores, las mujeres y la juventud no sigamos siendo los que pagamos la crisis.

Lo que hace falta discutir a viva voz es si la estrategia pasa por terminar con el bipartidismo mediante una reforma cosmética del régimen, con un programa reformista, en el que no se descarta el apoyo en uno de sus pilares fundamentales (el PSOE), y a no olvidarlo, también en otro, la burocracia sindical de CCOO y UGT, a las que Iglesias, Garzón y las cúpulas de Podemos e IU se han cuidado mucho de criticar. O si por el contrario, es necesario desarrollar la movilización social y la lucha de clases, para imponer un proceso constituyente que brote desde abajo y sobre las ruinas del Régimen del ’78 ponga en discusión absolutamente todo.

Para recuperar todo lo perdido y salir de la miseria, para terminar con la monarquía, para dejar de pagar la deuda, para desterrar la corrupción, para garantizar el derecho de autodeterminación, para acabar con la represión y arrancar a Alfon y a todos los presos políticos de la cárcel. Para que la crisis la paguen los capitalistas.