La victoria y asunción del gobierno de Syriza en Grecia y la perspectiva de un triunfo de PODEMOS en el Estado español, pueden llevar a un renacimiento de sectores de la izquierda del Partido Socialista francés. Ante este escenario, las discusiones de estrategia del 3er. Congreso del Nuevo Partido Anticapitalista (NPA) se hacen mucho más concretas y decisivas.

El surgimiento de gobiernos de un nuevo reformismo confronta – quiéranlo o no- a los anticapitalistas con sus hipótesis de poder. Ya desde el lunes, frente a la conformación de la alianza de gobierno entre Syriza y la formación antiobrera y xenófoba de los Griegos Independientes, la mayoría de la dirección saliente del NPA se negaba a caracterizar a este gobierno como un gobierno burgués de colaboración de clases, o lo más parecido a una unidad nacional en las circunstancias actuales griegas según este post de Juan Dal Maso.

Quienes habían hecho suya la fórmula de “gobierno antiausteridad”, se negaban a reconocer lo que incluso Stathis Kouvelakis (el anti-neoliberal pero nada anticapitalista miembro del ala izquierda de Syriza, diferenciada de Tsipras) decía: que la alianza con Griegos Independientes “marca el fin simbólico de la idea de un gobierno de la izquierda antiausteridad”.

Pero la ceguera de este sector no es un error de apreciación, sino una orientación de conjunto como muestra la política que se plantea en el caso del Estado Español. En su saludo a la reciente Conferencia de Izquierda Anticapitalista que tomó la decisión de disolverse en una asociación para permanecer en PODEMOS, el dirigente de la mayoría saliente del NPA y del buró político del Secretariado Unificado, François Sabado, avanza en toda una serie de elementos que aplicados hasta el final solo pueden llevar a una capitulación en toda la línea y a la destrucción de toda perspectiva independiente de los anticapitalistas del Estado español.

Su definición de la existencia de un nuevo reformismo que “no está cristalizado en los aparatos burocráticos del movimiento obrero o en una integración en los aparatos del Estado”, dejando “escenarios abiertos” de “bifurcaciones posibles”, prepara todo tipo de capitulaciones. Aceptando como una fatalidad ineluctable “las condiciones de una declinación histórica del movimiento obrero tradicional”, sus definiciones impresionistas son funcionales a una adaptación abierta a la dirección de Podemos (partido basado en un movimiento social que hunde sus raíces, según sus palabras, en “el 15M, un movimiento social libertario”).

Estas formaciones son diferentes al reformismo clásico, como el caso de la SFIO en Francia u otros partidos socialdemócratas en los años 1930, que dieron lugar a movimientos de carácter centrista y de enorme ebullición obrera al interior de sus filas luego de la conmoción que significó el ascenso del nazismo en Alemania en 1933, la bonapartización de los Estados y la crisis de la democracia burguesa (a cuya estabilidad estaba ligada la suerte y la solidez de aquellas direcciones reformistas).

En la actualidad, el surgimiento de un reformismo de nuevo tipo, que no tiene sus bases en una radicalización de la clase obrera, permiten un amplio margen de maniobra a la dirigencia de esos partidos, no sólo una división entre la base y la cúpula sino una verdadera autonomización de la dirección del conjunto del partido, proceso totalmente acabado en Grecia y ya bien avanzado en Podemos.

Todo este impresionismo los prepara, ante un eventual gobierno dentro de los marcos del capitalismo y de esta formación, para una clásica política de conciliación de clases, tan criticada por Lenin frente al gobierno provisional ruso después de la caída del zar y la revolución de febrero en 1917. En palabras de Sabado: “Si hay un gobierno ‘Podemos’, nosotros apoyaremos todas las medidas positivas y criticaremos todas las que no corresponden a las necesidades de la población, poniendo al centro la movilización y la auto-organización social: el ‘poder popular’”.

Y esto es más grave aún pues en el Estado Español que a diferencia de Rusia en esos años, ya que va a haber una continuidad del régimen, estamos hablando de gobiernos que acceden al poder por procesos electorales y no por una revolución.

Como vemos, se trata de una repetición a escala europea de la política que hace doce años la corriente internacional de Sabado aplicó en Brasil frente al primer gobierno Lula al que definían como un “gobierno en disputa, con dos almas”. Esto política los llevó nada más y nada menos que a la incorporación de un miembro de esta corriente, Miguel Rossetto, en el Ministerio de Reforma Agraria del gobierno neoliberal de Lula.

Dicho de otra manera, en Grecia como en el estado Español, vemos a lo que puede llevar el abandono de la perspectiva de la dictadura del proletariado y la preparación de la insurrección como hipótesis de poder (consideradas como “hipótesis improbables” en Estados de fuerte tradición democrática como los europeos), y su sustitución por el planteo de que hay una continuidad entre instituciones burguesas y formas de autoorganización, liquidando toda referencia a la destrucción de esas instituciones coercitivas de la burguesía.

Volviendo a Francia aún no sabemos qué nuevo rostro tendrá el reformismo, el cual busca en Grecia y en el Estado Español el impulso que le falta a nivel nacional en Francia por la identificación de sus distintos componentes con el gobierno antiobrero y neoliberal de la “gauche” del Partido Socialista -ya sea la formación pequeño burguesa de Europa Ecología (ligado al Partido Verde Europeo) o el Front de Gauche (frente conformado por el Partido Comunista francés, el ex socialdemócrata Melenchon y distintos sectores que rompieron con el NPA por derecha).

Lo que sí está claro es que la ubicación frente al reformismo vuelve a ser la piedra de toque del Congreso del NPA, ya que es en la actitud frente al mismo donde se concretizan la orientación y los fundamentos estratégicos de las distintas plataformas en disputa.

Es esta clarificación lo que las dos alas en que se ha dividido la mayoría saliente (una encabezada por Olivier Bensacenot y de la que forma parte el principal dirigente del SU, Francois Sabado; la otra encabezada por Alain Krivine, candidato histórico de ex LCR, la organización trotskista surgida en los años posteriores al Mayo francés de 1968 y que se auto disolvió para formar el NPA) quieren evitar.

Contrariando el voto de las distintas asambleas, ya en los pasillos se está negociando una declaración final en donde los dos grandes temas que molestan, es decir Grecia y qué política de alianzas para las elecciones regionales y cantonales de 2015 —y sobre todo las presidenciales de 2017—, no se nombren. Extraño Congreso donde los puntos agudos de la realidad, es decir, qué actitud frente a los gobiernos del nuevo progresismo europeo y qué política frente a sus encarnaciones nacionales, no quieren ser sometidas al voto del Congreso.

Esta decisión solo puede agravar aún más la crisis del NPA en el próximo periodo y condenarlo en el peor de los casos a un nuevo salto hacia el reformismo –ya sea de conjunto como pata izquierda de una alianza reformista de nuevo tipo o híbrida, que es lo más probable en el caso francés o a una nueva ruptura de una parte de su dirección, la tercera desde que se constituyó el partido en 2009. O en el mejor de los casos, condenándolo a la continuidad de un proyecto en crisis: la construcción de un partido anticapitalista amplio sin ningún aliado significativo, a la vez que rechazar como “fuera de moda” la perspectiva de la construcción de un partido revolucionario.

Lo que está claro es que la pelea estratégica para lograr la conquista de la independencia política de la clase obrera, es el único camino realista que puede permitir resolver de forma progresiva las contradicciones de la situación actual. Una situación cruzada entre un proceso de resistencia a la ofensiva neoliberal, pero que aún no tiene a la clase obrera como sujeto preponderante y menos aún hegemónico.

Solo una refundación revolucionaria del NPA, que permita reorientar y enraizar el partido en la vida y las luchas de los trabajadores podría permitir superar positivamente el impasse en que se encuentra esa formación política. Y así, poder ser una herramienta que permita a la clase trabajadora dar pasos en constituirse como sujeto político, superando de a poco la fragmentación social de la clase, así como su debilidad política producto de la acumulación de derrotas y de una estrategia deliberada del abandono de toda referencia de clase por las organizaciones oficiales del movimiento obrero, integradas cada vez más en la cogestión del capitalismo.

Solo la Plataforma 3, de la que forman parte destacada los miembros de Fracción Trotskista- Cuarta Internacional, avanza en una perceptiva de ese tipo, una salida inversa al derrotismo histórico del proletariado de las organizaciones de la extrema izquierda existentes.

Juan Chingo

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