Podemos y las vicisitudes de la casta universitaria española

La polémica desatada por el contrato en la Universidad de Málaga (UMA) de Íñigo Errejón, secretario de Política de Podemos y hombre de confianza de Pablo Iglesias, ha puesto al descubierto los turbios mecanismos del “academicismo de amigos” en las universidades españolas.

Visto objetivamente, el affaire Errejón se ha transformado en un gran debate público sólo porque el implicado es el número dos de Podemos. Resulta evidente que la derecha (política y mediática), aterrorizada por su crecimiento en las encuestas, lo utiliza para atacar a la formación liderada por Pablo Iglesia.

De más está decir que ni el PP, ni el PSOE ni la prensa adicta del régimen español, tienen la más mínima autoridad moral para cuestionar cualquier caso de “corrupción”.

Ante las acusaciones, Errejón y Podemos sostienen que sólo se trata de un problema “administrativo”. Que la UMA sólo le reprocha a Errejón no haber comunicado “por escrito” que iba a desarrollar su trabajo desde Madrid, y que Alberto Montero, director del proyecto que adjudicó el contrato a Errejón -y también dirigente de Podemos-, lo había autorizado verbalmente a hacerlo.

Errejón también habría comunicado a Montero que recibía otra remuneración económica aparte de los 1825 euros mensuales que le pagaba la UMA. O sea, que cobraba como jefe de campaña de Podemos para las elecciones europeas, nada menos que 2.492 euros por mes (7.476 euros entre abril y junio). Aunque cuesta creer que siendo Montero dirigente de Podemos no estuviese al tanto de dicha contingencia.

Pero el problema de todo esto no radica, al menos no centralmente, en si Errejón podía o no hacer su trabajo “desde casa”, o si incumplió tal o cual cláusula secundaria del contrato, o si presentó o no por escrito. Ni si utilizó material “reciclado” para sus informes, como trascendió este jueves.

Ni siquiera se trata de la para muchos cuestionable cifra de 4317 euros mensuales (sumando lo que le pagaba Podemos y la UMA) que Errejón cobró durante algunos meses, cuando hay cientos de miles de estudiantes que debieron abandonar sus estudios universitarios por no poder pagar las tasas, por no hablar de los millones de “currelas” que sobreviven en el Estado español con 300 o 500 euros por mes.

Todo eso es política e incluso éticamente discutible. Pero hay un peligro de que el árbol no nos deje ver el bosque. Porque el problema de fondo es lo que se desprende de declaraciones sorprendentes como la de Alberto Montero, cuando defiende haberle avisado a su colega, amigo y compañero de Podemos, que había una plaza disponible en su proyecto: “Es como quien se entera de un puesto de mecánico vacío y tiene un amigo mecánico”.

Porque aquí se evidencia un verdadero “academicismo de amigos”, ese mecanismo por el cual los “colegas” se ayudan, se cubren y se eligen mutuamente (para los tribunales de Tesis, para los concursos, para la organización de las comisiones que juzgarán dichos concursos y un largo etcétera). Esas “truhanerías de catedráticos, profesores y doctorandos, que son, desde siempre, la única forma de ganarse la vida en la Universidad de esta ibérica y hedionda península”, como escribía en su perfil de Facebook un agudo crítico virtual de Podemos.

La plaza del proyecto de investigación para la que es contratado Errejón, porque fue el “único” que se presentó, porque tenía un perfil “muy concreto”. En las redes sociales ha corrido un chiste, que decía que sólo faltaba que el “perfil” dijera que debía vivir en Madrid, llevar gafas y que haber escrito su tesis doctoral sobre Bolivia.

Pero fuera de toda broma, hace unos días leí un muy buen artículo de Víctor Alonso Rocafort publicado en eldiario.es –que me temo pasó bastante desapercibido-, en el que desnuda cuan absolutamente podridas están las Universidades españolas.

Dice Rocafort: “si te vas a presentar a una plaza surge el gran problema de la endogamia universitaria. Más fuerte cuantos menos recursos haya y cuanto mejor sea la plaza. ¿Por qué se da? Sencillamente porque los departamentos tienen un amplio margen a la hora de organizar las comisiones que juzgarán los llamados concursos públicos. Y digo llamados porque pocas veces se concursa de verdad, y porque si hablamos de plazas fijas no suelen gozar de buena publicidad, ni en la convocatoria ni en la justificación de resultados. Para ayudar al favorito/a, generalmente de la casa, se cuenta con el instrumento del perfil de la plaza. Este resulta justificable para delimitar campos amplios y aceptados de cada disciplina, pero se puede ajustar de tal modo que deseche de entrada a potenciales rivales y ayude a justificar puntuaciones absurdas.”

En efecto, en este caso –como en tantos otros- un colega y compañero de militancia armó una beca que pareciera hecha a la medida de las aptitudes y el currículo de Errejón. Pero para cualquiera que conozca la universidad española, o cualquier universidad del mundo, sabrá que este mecanismo no es una excepción, sino una regla.

La casta universitaria es un fenómeno global. Es, digámoslo así, un “fenómeno sociológico” del mundo académico en la sociedad capitalista, aunque tenga todo tipo de reminiscencias feudales. Así la famosa “endogamia universitaria” de las “camarillas profesorales” (o los “mandarinatos”, como les llaman en la península), las elecciones poco más que “a dedo” de los titulares de cátedra y los directores de departamento, el reparto discrecional de becas, etc.

Que sea Iñigo Errejón quien se haya ahora en el centro de esta polémica no deja de tener su costado irónico. Podemos, justamente, hizo bandera de la denuncia de la casta política. En su defensa de los ataques por el contrato de Errejón con la UMA, Podemos ha fustigado duramente contra la “minoría privilegiada ha acumulado demasiado poder durante demasiado tiempo y ahora, ante la posibilidad del cambio, reacciona con furia”. Sin embargo, nada han dicho Pablo Iglesias, Errejón, ni la dirección de Podemos de la casta universitaria. ¿Por qué? Si la Universidad está tan podrida como la política burguesa, la economía dominada por las corporaciones capitalistas y los bancos, o los sindicatos en manos de una burocracia corrupta atornillada a sus sillones hace 30 años.

El affaire Errejón puede ayudar a dar respuesta a este interrogante. Aunque tal vez no tanto como el hecho de que Podemos sea un partido cuyo Consejo Ciudadano (su Comité Central) esté compuesto en más de un cincuenta por ciento de académicos y profesores universitarios. Y si consideramos su Comité Ejecutivo, en el que están sus principales líderes –Pablo Iglesias, Iñigo Errejón, Juan Carlos Monedero, Carolina Bescansa y Luis Alegre-, la totalidad de sus 11 miembros son profesores o provienen del medio académico.

Poner en cuestión los métodos de la casta universitaria puede ser otra vía de comprender (y cuestionar) el devenir de un partido que ha moderado aceleradamente su discurso y programa , para consolidarse como una organización sin ningún tipo de anclaje social, que avanza no menos aceleradamente hacia su institucionalización en los marcos del régimen capitalista.

Para quienes tenemos por estrategia la formación de un partido de “esclavos insurrectos”, cuya dirección no esté plagada de académicos, sino de trabajadores que sean “intelectuales de su clase”, poner en cuestión la existencia de la casta universitaria implica discutir qué tipo de intelectuales forma la universidad en la sociedad capitalista. Y sobre todo, cómo luchar en el terreno de las ideas, por que surja una intelectualidad furiosamente inconformista, revolucionaria, orgánicamente ligada a la clase trabajadora, que no se proponga la utopía de domesticar el capitalismo, sino superarlo. Pero este ya es otro debate.

Por lo pronto, valga decir que la casta universitaria también es una “minoría privilegiada que ha acumulado demasiado poder durante demasiado tiempo”. Ya va siendo hora de terminar con ella.