Las trabajadoras, las que mueven el mundo

¿Está naciendo una nueva generación de trabajadoras que, igual que en los ’60 y ’70, mientras luchaban contra la explotación laboral, cuestionaban al régimen y luchaban por sus derechos como mujeres? Los nuevos retos del movimiento feminista y de mujeres.

“Hace falta una revolución. ¡A la calle, todos! La revolución tiene que ser desde abajo. Todo lo que se ha conseguido en toda la vida ha sido con huelgas, de pararlo todo…” (Paquita, trabajadora de Panrico, 2013)

No son invisibles, se ven muy bien. En los hoteles, en los bares y restaurantes, limpiando, cocinando y atendiendo. En los parques cuidando niños y paseando ancianos, en oficinas, hospitales, escuelas e institutos, fábricas, barriendo calles, repartiendo correos, conduciendo transportes públicos, en entidades bancarias, tiendas, cajas de supermercados, en las cocinas de los centros de trabajo. En los hogares cumpliendo “esa doble jornada” gratis, llevando adelante las tareas de cuidados de su familia. Sin esta gran fuerza social todo se paralizaría. Son las mujeres, las que mueven el mundo.

Las postales en sepia de las mujeres luchando en el siglo XX toman color en un siglo XXI sumergido en una enorme crisis, retroceso social y de los derechos de la mayoría de las mujeres. Por lo que no suena extraño que vuelvan a luchar por “igual trabajo, igual salario”, por el derecho al aborto, contra la violencia machista, la discriminación laboral. Es decir contra el mismo sistema patriarcal tan íntimo amigo del capitalista.

En los ’60 y ’70 en el Estado español, las mujeres protagonizaron una lucha incesante contra la explotación laboral, cuando ser mujer, obrera, inmigrante, significaba luchar en una situación “diferenciada” dentro de un potente movimiento obrero en auge. En un contexto de transformaciones económicas y de un proceso de industrialización en el que el trabajo femenino se estaba reconfigurando, entre 1950 y 1975 el número de las mujeres asalariadas aumentaba al mismo tiempo que otras no lo abandonaban cuando tenían hijos.

Estos cambios engendraron una enorme conflictividad laboral femenina. Nacía una nueva generación de mujeres que como un motor imparable, explícitamente o no, se enfrentaban al modelo de mujer franquista en sus aristas más misóginas: la mujer sumisa, decente y “ángel del hogar”.

Luchaban contra la explotación y la dictadura. Hoy luchan contra la precariedad y la pobreza bajo democracias que degradan sus derechos. Es decir, contra un imaginario colectivo de creencias negativas sobre las mujeres, -basadas en la diferencia sexual de naturaleza universal e inevitable-, que anulaban/anulan así sus potencialidades para alcanzar la igualdad.

Y de esta manera se justificaba/justifican la gran discriminación laboral y salarial: en 1963, el salario/hora medio de las mujeres en la industria alcanzaba un 80% de los salarios masculinos, pero en 1971 había empeorado al 75%”. Hoy la desigualdad es de un 30%. La lucha por “igual trabajo, igual salario” estaba/está a la orden del día. Muchas mujeres empezaban/empiezan a “descubrir” que la lucha de las mujeres obreras tenía/tiene sus propias reivindicaciones por las que luchar.

Hoy podríamos preguntarnos, ¿Está naciendo una nueva generación de mujeres, que mientras enfrenta las consecuencias de la crisis, el paro, la precariedad laboral y la pobreza en los hogares, cuestiona a un sistema patriarcal que recorta cada vez más sus derechos y oprime mediante múltiples violencias? Su firme lucha contra la precariedad, en la que las mujeres están sobre representadas, ¿no está cuestionando el modelo laboral del capitalismo español impuesto en los ’90 por la vieja “casta bipartidista” PSOE-PP, en el que se daba por “natural” la existencia de sectores precarios, subcontratados o “falsos autónomos”? ¿Y por ende, las “aristas más misóginas” de todo un régimen político que sustenta esta intensificada discriminación?

Hoy, como ayer, nos toca a nosotras

Hoy, después de décadas de “paz social” ficticia en los ’80 y ’90 y de conquistas de derechos limitados aunque importantes para las mujeres, las trabajadoras empezaron a reconocerse como luchadoras, activistas o huelguistas. Mientras plantean sus reivindicaciones laborales se unifican a múltiples luchas sociales y como “mujeres que luchan por sus derechos” están presentes en las manifestaciones contra los feminicidios y la violencia de género. Están demostrando que la clase trabajadora puede movilizarse y responder a los grandes problemas que sufren la mayoría de las mujeres.

Son las trabajadoras de Panrico, Coca Cola, Eulen, Metro, de cuidados y Servicios Sociales. “No somos esclavas, somos mujeres trabajadoras”, gritaban las mujeres de la huelga de Movistar. Las mujeres de la limpieza y las migrantes empiezan a organizarse y crear sus propios sindicatos u organizaciones. El ejemplo de “Las Kellys”, las que limpian los hoteles, quienes sufren la precariedad asociada al sector turístico.

En el primer contacto con ellas te dicen: “no tenemos problemas diferentes a nuestros compañeros, como mujeres, nos explotan de igual modo que a ellos”. Pasan las semanas, o hasta meses de lucha, y su percepción va cambiando. Porque les pesa más que a nadie dónde dejar a sus hijos, muchos de los cuales acaban participando en las huelgas y asambleas. Y porque acaban siendo las más aguerridas. Los medios de comunicación no se acercan a ellas, sino a sus compañeros varones. Y en general son una minoría en los comités de empresa de los sindicatos, si es que hay mujer alguna. En las asambleas hablan poco, hasta que los conflictos se agudizan y todas ellas van cambiando. O más bien, mostrando plenamente su potencial de luchadoras.

Un ejemplo fueron las trabajadoras de Panrico tras ocho meses de lo que fue la huelga más larga desde la Transición en Catalunya. Siendo casi unas niñas, salieron de sus hogares para ir a la fábrica y dejar su vida trabajando. Décadas después, salen de la cadena de producción para ir a la huelga, a los piquetes, frenar camiones, hacer charlas, a las universidades, a trabajar tenazmente la caja de resistencia. Traspasaron las demandas de su huelga y se propusieron luchar por sus derechos como mujeres: participaron con su propia pancarta en las manifestaciones contra la violencia de género y contra la Ley del Aborto de Gallardón ¡y hasta contra la violencia hacia transexuales! provocando un verdadero impacto y entusiasmo en las mujeres jóvenes que luchan por sus derechos.

Para las mujeres de Telefónica, como nos explicaba Asun, “La esclavitud no desapareció, pasó a nómina”. Asun, años atrás había salido en los periódicos con el siguiente titular: “Suspendida por trabajar”. Había solicitado entrar a la oficina con su niño pequeño, ya que no podía contar con ayuda para su cuidado, y no sólo no se lo permitieron sino que la suspendieron. También Silvia, trabajadora técnica de Movistar y protagonista de la “Rebelión de las escaleras”, nos explicaba que cuando avisó de su estado de embarazo, su empresa le ofreció arreglarle los papeles para “irse al paro”. Es decir, que desistiera de sus derechos laborales por maternidad y le ’ahorre’ a la empresa las bajas y otras cuestiones consideradas “privilegios”. El caso también brutal fue el de Vicky, directamente despedida a un mes de su embarazo por la empresa COMFICA, contrata de Telefónica.

Esta situación de discriminación de género se ha ido incrementando, tras el afán de las empresas de aumentar la productividad a costa de una mayor explotación y ataque en los derechos básicos. En definitiva, lo que les estaban imponiendo estas empresas, en complicidad con los partidos del Régimen, era que dejaran de trabajar, aumentar los números del paro, pero sobre todo, recluirse exclusivamente a las tareas del hogar.

Nuevos y mayores retos para el movimiento feminista y de mujeres

Las mujeres de Pan y Rosas hemos dado voz a estas experiencias con el firme convencimiento de que la memoria obrera no se reproduce automáticamente: hay que hacerlo de forma explícita y el único objetivo que puede motorizar tamaña tarea es bucear en las luchas de la clase obrera. Estamos del lado de “las que mueven el mundo” en todas estas experiencias de lucha que el azote de la crisis provocó.

Rescatar y darle voz a sus experiencias tiene el objetivo de aportar en la recuperación de tradiciones perdidas y en la reconstrucción de esa ruptura entre el movimiento de mujeres y las huelgas sindicales. Una tarea que los sindicatos mayoritarios abandonaron, dividiendo y aislando a los sectores más explotados de la clase trabajadora.

También abandonó esta tarea el movimiento feminista, en su mayoría “institucionalizado”, “oenegenizado” y limitando su lucha a adquirir más derechos dentro de la misma sociedad basada en la explotación de un puñado de capitalistas sobre millones de asalariados y asalariadas.

En otro artículo me preguntaba, ¿es posible un resurgimiento, como en los ’60 y ’70 de un feminismo antipatriarcal y anticapitalista? Lo que es claro es que hoy, el movimiento feminista y de mujeres tiene grandes y nuevos retos. Porque el terreno de batalla de la lucha de género, es un terreno en la lucha de clases, para desde ahí recuperar y luchar por todos los derechos perdidos y por ganar de todas las mujeres. Y es en el terreno de la lucha de clases que estas trabajadoras están haciendo escuela.

Cynthia Lub

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