Por un método de lucha y un programa para que la crisis la paguen los capitalistas

Zapatero quiso vendernos la moto de los brotes verdes, en un momento en el que todavía quedaba lo peor de la crisis por venir. Ahora Rajoy no es tan osadamente mentiroso, pero él y su Gobierno se agarran a algunos datos económicos para tratar de vendernos que estamos cerca de un cambio de tendencia, que lo peor de la crisis ya ha pasado… Una falacia tan mezquina como la de los brotes verdes, sobre todo porque las mismas previsiones del Gobierno y organismos como el FMI hablan de una larga década de desempleo masivo, deflación interna -pérdida de salario y empeoramiento de condiciones laborales- y desmantelamiento del Estado del bienestar.

El Gobierno nos dice que se empieza a ver “la luz al final del túnel”. Para los grandes capitalistas tiene algo de ver­dad. Las grandes empresas del IBEX35 ganaron en el primer trimestre de 2013 un 9% más que el mismo periodo de 2012. Las exportaciones suben a un ritmo del 8% para esa misma mitad del año, y siguen al alza. Son algunos de los datos que pueden sembrar un poco de optimismo entre los grandes patronos y banqueros. Pero decimos solo un poco, porque el capitalismo español está muy lejos todavía de resolver sus grandes problemas, como el sobre-endeuda­miento público -94,2% del PIB para finales de año- y sobre todo el privado -145%- y la sequía crediticia -una baja­da del 10% anual-. Sin embargo los trabajadores y secto­res populares la única luz que vemos al final del túnel es la del tren del Gobier­no y la patronal que viene a arrollarnos. El nivel de ataque sobre nosotros es histórico, y es lo que explica algunos de los datos “positivos” que ofrece el Go­bierno. En otras palabras, tanto el peso de la crisis como el de los míseros des­tellos de recuperación de los que presu­me Montoro, están siendo descargados sobre nuestras espaldas.

La salida de la crisis de la patronal y el Gobierno: la deflación interna

El fuerte hundimiento del llamado nuevo milagro español y la consecuen­te depresión del mercado interno hacen que la principal apuesta esté siendo la de mejorar la competitividad para aumen­tar el nivel exportador de las empresas españolas. La imposibilidad de llevar adelante una devaluación monetaria, y por esta vía carcomer el poder adquisiti­vo de los salarios, hace que directamen­te se apueste por una bajada absoluta de las rentas de los trabajadores, pensionis­tas y de algunos precios. Cuando Rajoy presume en Japón de la industria española lo hace sobre todo de la caída del 7% de los costes labo­rales unitarios desde 2010; de que el consumo de las familias haya bajado otro 2% el último año; de que seamos los trabajadores más baratos de la zona euro junto a Portugal e Irlanda; de que la contratación temporal sigue subiendo (11%) frente a la caída de los contratos indefinidos (9%). Su labor en el Gobierno, y antes la de Zapatero, ha ayudado bastante. Hasta 2012 desde el inicio de la crisis un 53% de los convenios habían desaparecido, bajando en un 43% el número de trabaja­dores que estaban amparados por alguno. Además los 1.324 convenios bloqueados por la patronal para forzar su desapari­ción están llevando a que los 3,5 millo­nes de trabajadores que dependen de los mismos estén en su mayoría pasando al Estatuto de los Trabajadores o viendo cómo se prorrogan o renuevan a la baja. Toda una ofensiva contra el salario, las condiciones y otras conquistas, que pue­de pasar por un lado, gracias a la labor de las direcciones sindicales que evitan plantear una lucha a la altura de las cir­cunstancias, y por el otro al efecto que el desempleo de masas está teniendo para tirar todo a la baja. Una destrucción de empleo facilitada por el PSOE y el PP desde el Gobierno, abaratando cada vez más el despido y convirtiendo al Esta­do en el mayor destructor de empleos (375.000 desde 2011) de las últimas décadas. La burla de los 32 parados menos de agosto o la “contabilidad creativa” de las estadísticas que dicen que hubo “menor destrucción de empleo de sep­tiembre desde que empezó la crisis”, no pueden ocultar que hoy hay 500.000 trabajadores menos dados de alta en la Seguridad Social que hace un año.

Una burocracia sindical que es cómplice de este retroceso

Muchos expertos a sueldo de la pa­tronal reconocen que el “peligro” de la deflación interna es que puede generar un “profundo y prolongado malestar social”. De hecho es una opción con sus riesgos, no sólo para los patrones sino para el mismo Gobierno y el Ré­gimen político que están en medio de un constante hundimiento. Sin embargo hasta ahora la política llevada adelante por las direcciones burocráticas de los grandes sindicatos está evitando que los trabajadores podamos ponerle freno a esta ofensiva, y mucho menos darle una salida obrera a la crisis capitalista y a la debacle de esta democracia para ricos. Las distintas luchas que salen a en­frentar esta ofensiva se encuentran con el gran obstáculo de la burocracia sindi­cal. Ésta, por medio de las federaciones correspondientes y muchas veces de los mismos delegados en las empresas, man­tienen las luchas aisladas unas de otras. Las llevan así al desgaste frente a una patronal en mejores condiciones para la pelea -tiene al Gobierno, los jueces y las leyes a su favor, sobre todo tras la última reforma laboral- y a la que sólo se podría doblar el brazo convirtiendo cada lucha en el eslabón de un potente movimien­to de lucha de los trabajadores contra el Gobierno y por un programa que haga pagar la crisis a los capitalistas. Incluso en ocasiones la burocracia llama a huel­gas duras, a veces indefinidas, pero sin preparar cuestiones tan básicas como el poner en marcha una caja de resistencia para soportar el desgaste económico que suponen la pérdida de salarios. Y ni por asomo se plantea incluir en las reivindi­caciones de los conflictos el pago de los días de paro, única forma de que todos los trabajadores pudiéramos ejercer libremente nuestro derecho de huelga. Toda esta línea se ve además acen­tuada cuando se dejan pasar grandes batallas sin tratar de que se conviertan en victorias que puedan empezar a cam­biar la relación de fuerzas entre los trabajadores y la patronal y el Gobierno. Nos referimos a los conflictos que por su dureza o magnitud podrían conver­tirse en punta de lanza para toda la clase obrera. Pasó con la huelga minera, ais­lada y conducida al desgaste para evitar el “contagio” de la combatividad de los mineros al resto de los trabajadores y a la juventud. Ha pasado con los despidos de miles en la banca, con el proyecto de liquidar Iberia, la sanidad madrileña o ahora con el huelgón de los profesores de Baleares. Luchas a las que se deja a su suerte, esperando que el aislamien­to logré evitar que se transformen en victorias y se extiendan como ejemplo entre el conjunto de las trabajadoras y trabajadores de todo el Estado.

Ejemplos que muestran que es posible una alternativa de lucha a la política de la burocracia sindical

Sin embargo también en muchas de las luchas en curso vemos elementos que muestran en pequeño que es posi­ble pelear por una política distinta. Que muestran la potencialidad que mantiene la clase trabajadora para poder tumbar los planes de ajuste y los despidos. Una de ellas fue la de las trabajado­ras de la limpieza de centros sanitarios en Aragón. Más de 40 días de huelga indefinida que terminaron evitando que su convenio cayera y pasaran al Estatu­to de los Trabajadores, manteniendo las conquistas que habían logrado a lo largo de más de tres décadas de luchas. Estas mujeres se organizaron en asambleas donde discutían entre todas las medidas a tomar, las acciones a llevar a cabo, pero también desde donde se dirigía y controlaba todo el proceso negociador. Democracia obrera desde la base para evitar cualquier arreglo a espaldas de los trabajadores. Además mostraron cómo un conflicto no puede ganarse peleando solas. Levan­taron una potente caja de resistencia que les garantizaba un salario mensual de 700 euros, y para conseguirlo llevaron su conflicto a otras empresas como la OPEL, donde se colocaron en los cam­bios de turno para solicitar el apoyo y la solidaridad del resto de trabajadores de la ciudad. Así lograron que su lucha fuera sentida por miles de trabajadores como una lucha de todos, algo que se plasma­ba en el amplio apoyo que les daban las encuestas y en las manifestaciones que se celebraron para acompañar su lucha. Recientemente la huelga de los pro­fesores de Baleares contra el TIL, la Ley Wert y los recortes, también mos­tró en una lucha de una magnitud mu­cho mayor y con un impacto estatal, la potencialidad de estos métodos. Las asambleas realizadas durante el verano reunieron y organizaron a más de 5.000 profesores, y lograron romper con la política timorata de las direcciones sin­dicales, imponiéndoles la huelga inde­finida desde el primer día de curso. La Caja de Resistencia llegó a reunir más de 350.000 € y se logró el masivo apo­yo popular con las grandes manifesta­ciones que juntaron a más de 100.000 personas. A pesar de que la huelga ha sido le­vantada hace pocos días, los profesores baleares mostraron un gran ejemplo de voluntad de lucha y combatividad, en un conflicto que tenía que doblarle el brazo nada más ni nada menos que a uno de los Gobiernos duros del PP, el balear. Y es más, si lograba derrotar a Bauza, abría el camino para derrotar a Wert y los de­más de recortes en educación aplicados por las Comunidades Autónomas. Podía ser un conflicto emblema, para el que la necesidad de extensión y coordinación se convertía en pieza capital para lograr una victoria. Algunos sectores de profe­sores así lo vieron y llegaron a plantear en las asambleas de base que había que exigir a los sindicatos de educación que convocaran actos y paros en solidaridad y apoyo con la lucha de Baleares. De hecho esto no sólo les hubiera reforzado en su pelea contra Bauza y Wert, sino que hubiera sido la mejor preparación para que la huelga de la enseñanza del próximo 24 de octubre se convierta en un éxito y debilite los planes de priva­tización, liquidación y “españolización” de la enseñanza pública. En este caso todavía el rol de las di­recciones sindicales ha logrado evitar lo que era el sentir de los profesores de Ba­leares y otras muchas zonas del Estado. Que es necesario ir a un conflicto duro, dirigido desde las asambleas, extendido y coordinado a nivel estatal y que se li­gue al resto de sectores obreros y popu­lares que están sufriendo y combatiendo las consecuencias de la crisis. Esta será la única vía para poder imponer una vic­toria del movimiento contra la Ley Wert y los recortes.

Hay que pelear por un programa para que la crisis la paguen los capitalistas

Pero la burocracia no solamente se vale del control burocrático de las mo­vilizaciones obreras y el aislamiento y descoordinación entre ellas. Un activo muy valioso para imponer su política de pasivización o “movilización controla­da” es alentar un programa de reivindi­caciones que lleva a que los trabajadores tengan que elegir muchas veces entre la horca y la guillotina. Los únicos que se salvan siempre son los empresarios, sus beneficios y sus derechos a seguir explo­tándonos.

El automóvil es un claro ejemplo. A cambio de no desmantelar las grandes empresas que suelen ser el corazón de polos industriales, imponen congela­ciones y rebajas salariales, pérdida de conquistas y sobre todo una mayor frag­mentación entre los trabajadores, con dobles tablas salariales y de condicio­nes. Lo hemos visto en Nissan en Barce­lona, en Renault en Palencia, en Ford en Valencia o en Open el Zaragoza. Todos estos planes con el apoyo entusiasta de las direcciones de CCOO y UGT en las plantas. Prometen pan para hoy -cada vez menos gramos- pero ocultan que es­tán preparando el hambre para mañana, pues las empresas avanzan y debilitan no sólo nuestro bolsillo sino la moral y la capacidad de organización y lucha para enfrentar los ataques que se lancen en el futuro. De hecho, es esta política la que está detrás de un hecho criminal, que muchos de estos sectores que fueron batallones destacados de la lucha de los trabajadores hoy se encuentren paraliza­dos ante la gran ofensiva en curso. El abandono de una consigna ele­mental de solidaridad de clase, como el famoso “si tocan a uno tocan a todos”, alentar el corporativismo de los secto­res con mejores condiciones para que “defiendan solo lo suyo”, no defender a los de ETT, subcontrata, temporales y trabajadores jóvenes… es lo que explica que la mayor parte de los planes patro­nales en la gran industria se estén pu­diendo aplicar sin grandes problemas. Pero la política de luchar “por el mal menor” o por “lo posible” es aún peor en los casos en los que la patronal va más lejos y plantea despidos masivos o cierres totales. Ahí la burocracia sindi­cal se debate entre regatear el número de despidos o directamente limitar la pelea a conseguir una indemnización por despido algo más alta. En ningún caso se propone una lucha hasta el final por evitar la destrucción de los puestos y la fuente de trabajo. Todo siempre buscando la mediación del Estado, sem­brando la ilusión de que éste jugará del lado de los trabajadores o al menos neu­tralmente. Y es que en medio de una crisis como la actual para poder derrotar estos ata­ques brutales, no solo es necesario un plan de lucha como hacia los que apun­tan luchas como las de la limpieza de Zaragoza o los profesores de Baleares, sino que hay que levantar reivindicacio­nes que busquen salvarnos a nosotros, a costa de los beneficios y los derechos de propiedad de los patrones que nos lle­van a la ruina. Y tratar de imponerlas a las patronales y los Gobiernos mediante una gran lucha que se ligue al resto de sectores golpeados por la crisis. El ejemplo de PANRICO que es un buen botón de muestra. Esta multina­cional española acaba de anunciar el despido de 2.000 trabajadores, la mitad de su plantilla, además de un nuevo plan de ajuste contra los salarios y condicio­nes. Una noticia precedida del no abono de la nómina de septiembre. La patronal aduce pérdidas de 150.000 euros al día y culpa de ello a los costes salariales. Ante este bombazo los representantes de los trabajadores han amenazado con iniciar una huelga indefinida a partir del 13 de octubre. Sin embargo la estrategia es la de negociar un plan de viabilidad menos drástico, es decir regatear con la empre­sa el número de despidos y de rebaja de salario. Un programa así sólo puede con­ducir a un gran retroceso más. Es nece­sario empezar a levantar una alternativa al “mal menor” que parta de decir “ni un paso atrás”, no vamos a entregar ni un puesto de trabajo ni un euro de nuestros salarios para que los propietarios mil-millonarios del grupo PANRICO sigan dándose la gran vida. Porque mientras la firma culpa a los trabajadores de la cri­sis, se destaca por pagar a sus ejecutivos entre 300.000 y 500.000 € anuales y por contar con una flota de coches de lujo de 25 vehículos. Ante situaciones como éstas, una cuestión elemental por la que deberían pelear los sindicatos es por la apertura de los libros de contabilidad. Y no sólo la del último ejercicio, sino la de al me­nos la última década. Si dicen que hay pérdida habrá que ver si es realmente cierto, y de serlo cómo se han produci­do. En PANRICO hay muchos interro­gantes, en junio había un saldo en caja de 16 millones de €, se ingresaron re­cientemente 85 millones por la venta de Artiach y su actual propietario anunció una inyección de 145 millones cuando adquirió el 100% de la compañía. Por no hablar de las ayudas millonarias y opacas recibidas desde la Generalitat durante todos estos años. Los trabajadores debemos tener acce­so a esas cuentas. Así saldrán a la luz las millonarias ganancias generadas en los últimos años y quedarán en evidencia los falsos lamentos de los patronos y sus mentiras para aumentar nuestra explo­tación. Y si efectivamente están arrui­nados, si han llevado a la empresa a la quiebra, decirles que nosotros no vamos a asumir las consecuencias de su mala gestión. Y eso ¿qué quiere decir? Que nos negamos a cargar con su crisis, con su deuda, con su quiebra… porque en el marco de la crisis que estamos pade­ciendo, no se trata de un enfrentamiento “normal” de intereses materiales opues­tos entre los patrones y los trabajadores, sino de preservar a nuestra clase, la úni­ca verdaderamente creadora y progresi­va, de la ruina y la desmoralización a la que nos quieren someter los capitalistas. Por ello debemos plantear como solu­ción el mantener la planta produciendo bajo nuestro control y gestión, al tiempo que le exigimos al Estado que la nacio­nalice y garantice la financiación y el acceso a los mercados y materias primas necesarios. Una nacionalización que de­bería ser sin indemnización alguna para los capitalistas que pretenden arruinar hoy a 2000 familias y que se han esta­do llenando los bolsillos, por entre otras vías las subvenciones millonarias de di­nero público que han recibido. Una política diametralmente opuesta a la de las direcciones de CCOO y UGT, y que sólo la podremos imponer por medio de la contundente movilización de los trabajadores de la fábrica aliados con los de otras empresas en lucha, los estudiantes y otros sectores populares afectados por la crisis, y no por medio de la súplica a la Generalitat. De hecho en el caso de PANRICO la neutralidad del Estado es una farsa evidente, el Di­rector de Operaciones de la multinacio­nal es el hermano de Arthur Mas. Esta sería hoy por hoy la única vía de salvar los puestos de trabajo de PANRI­CO y otras muchas empresas que están en situaciones muy parecidas, como otras muchas del sector alimenticio como PESCANOVA o CACOLAT del grupo Nueva RUMASA. O incluso de otros sectores como la TATA-Hispano Carrocera que fabrica autobuses y quie­re echar el cierre dejando a más de 350 trabajadores en la calle. Todas estas em­presas podrían continuar funcionando nacionalizadas y bajo el control de los trabajadores, y poniendo su producción al servicio de la comunidad, en estos ejemplos productos alimenticios a pre­cios populares o autobuses limpios para mejorar las redes de transporte público.

Prepararnos para las “escuelas de guerra” de la lucha de clases

La izquierda sindical, junto con aque­llos trabajadores y delegados de CCOO y UGT opuestos a la línea de sus di­recciones burocráticas, junto con las organizaciones de izquierda, debemos confluir para dar la pelea por este pro­grama de acción y reivindicaciones. Un programa que creemos puede empezar a sentar algunos jalones de experiencias y victorias para cambiar la dinámica ac­tual de retrocesos hacia una en la que los trabajadores pasemos a la ofensiva para hacerle pagar la crisis a los capitalistas. Para que pueda ser tomado por sec­tores de trabajadores debemos empezar por hacer frente a la reconfiguración y división de la clase trabajadora que trajo consigo la ofensiva neoliberal y la trai­ción de las burocracias sindicales, tene­mos que impulsar el frente único obrero con el objetivo de lograr la mayor uni­dad de los sectores en lucha contra los ataques capitalistas. Y para ello, hace falta no sólo denunciar a las direcciones burocráticas, sino en ocasiones también exigir la unidad para la lucha. Es decir, una política opuesta tanto a la adaptación oportunista a las direcciones sindicales burocráticas, como a la variante secta­ria “alternativista”, que bloquea en los hechos todo diálogo con la base de los grandes sindicatos. El objetivo del frente único es pelearle la base obrera a las di­recciones burocráticas, al mismo tiempo que los revolucionarios formamos frac­ciones clasistas y revolucionarias en el interior de los grandes sindicatos. Sin embargo, la realidad es que las or­ganizaciones sindicales solo representan a un pequeño sector de la clase trabaja­dora. Por ello, no basta con la unidad en la acción con los sindicatos cuando estos muestran alguna disposición a luchar. Es necesario al mismo tiempo impulsar organismos de frente único de los trabajadores en lucha (como coordi­nadoras o interasambleas), que agrupen y coordinen a todos los sectores que enfrentan los recortes y ataques de las patronales (los sindicatos, las mareas, la juventud obrera precaria, etc.). Este tipo de organizaciones son fundamentales para la defensa frente a los ataques, pero en perspectiva también para pasar a la ofensiva y la lucha por el poder obrero cuando cambie la relación de fuerzas. Es cierto que la baja subjetividad, pro­ducto de años de retrocesos pero también de un cierto conformismo inoculado por un largo período de crecimiento y bajo nivel de lucha de clases, dificultó por un largo período la comprensión por parte de la mayoría de los trabajadores de que los capitalistas defienden perma­nentemente sus posiciones conquistadas mediante una guerra de clase solapada contra los trabajadores y los sectores po­pulares. Sin embargo, la crisis en curso y los ataques incesantes, comienza a ge­nerar condiciones para que aquello que antes estaba velado, sea inmediatamente visible a ojos de las mayorías populares. Hace muchos años Lenin definió a las huelgas obreras como “escuelas de gue­rra”1. Porque en ellas, en la tensión gene­rada entre las fuerzas de los trabajadores y las patronales, la subjetividad y la per­cepción de la realidad que tienen los tra­bajadores cambia drásticamente, rompe con la rutina capitalista. Y comienza una experiencia no sólo contra la patronal y sus agentes como la burocracia sindical, sino también con el gobierno y las fuer­zas represivas. Pero hay que recordar que para Lenin, si bien las huelgas eran “escuelas de gue­rra”, no eran “la guerra misma”2. Es decir, contra toda visión estrechamente sindica­lista, junto con el desarrollo de la lucha de clases, es necesario comprender que con la lucha sindical no alcanza, que hace fal­ta una de lucha “más amplia”, dando un paso hacia la lucha política, es decir, con­tra el estado y sus políticos capitalistas. Profundizar en la perspectiva estratégi­ca de las luchas actuales comprende por tanto no recluir el debate al terreno de la lucha meramente sindical, sino profundi­zar en que perspectiva política indepen­diente necesitamos los trabajadores para que no seamos, una vez más, los que car­guemos con los costos de la crisis. Por ello, frente a la guerra abierta que los capitalistas y sus políticos a sueldo han declarado a los trabajadores y secto­res populares, tenemos que prepararnos para nuevas escuelas en la lucha de cla­ses. Se trata pues de pelear por alterna­tivas que apunten a conseguir imponer una salida obrera a la crisis capitalista, y que han sido puestas en marcha por otros trabajadores en momentos de cri­sis como la actual. Es el caso de la fábri­ca de baldosas ZANON en Argentina, que se mantiene hoy en día expropiada y bajo el control de sus trabajadores desde que ellos la ocuparan en 2001 en contra del cierre patronal. O más cerca la fábri­ca de materiales de construcción VioMe en Grecia, ocupada y puesta a producir por sus trabajadores desde hace meses. La grave situación presente y las peores perspectivas económicas que tenemos por delante los trabajadores, convierten en necesario y urgente pe­lear con esta perspectiva en las luchas obreras que se están dando.

 

NOTAS

1 “Las huelgas infunden… espanto a los capitalistas porque comienzan a hacer vacilar su dominio. ‘Todas las ruedas se detiene, si así lo quiere tu brazo vigoroso’, dice sobre la clase obrera una canción de los obreros alemanes. En efecto: las fábricas, las fincas de los terratenientes, las máquinas, los ferrocarriles, etc., etc., etc., son, por decirlo así, ruedas de un enorme mecanismo: este mecanismo suministra distintos productos, los elabora, los distribuye adonde es menester. Todo este mecanismo lo mueve el obrero, que cultiva la tierra, extrae el mineral, elabora las mercancías en las fábricas, construye casas, talleres y líneas férreas. Cuando los obreros se niegan a trabajar, todo este mecanismo amenaza con paralizarse. Cada huelga recuerda a los capitalistas que los verdaderos dueños no son ellos, sino los obreros…”. Lenin, V. I, “Sobre las huelgas” (1899).

2 “[Son] una ‘escuela de guerra’, pero no la guerra misma; sólo son uno de los medios de lucha, una de las formas del movimiento obrero. De las huelgas aisladas los obreros pueden y deben pasar… en todos los países, a la lucha de toda la clase obrera por la emancipación de todos los trabajadores” (ídem).

 

Santiago Lupe

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