La desesperada odisea de los refugiados en Grecia

Desde hace dos semanas más de 400 refugiados, hombres, mujeres y niños, se encuentran instalados precariamente en un parque de Atenas. Provienen en su mayoría de Siria y Afganistán, huyendo la crisis y las guerras.

El calor abrumador apenas deja respirar. Personas cargando bolsas se acercan a un campo de refugiados en el céntrico parque Areos, en Atenas, conocido como el Campo de Marte.

Este parque se ha convertido en el hogar precario de unas 200 familias (400 personas) que sobreviven desde hace dos semanas en este campamento buscando continuar su viaje a otras ciudades europeas. De pobrísimo origen, no tienen recursos para seguir la travesía, después de haber agotado sus últimos dólares —mil por cabeza— para cruzar desde Turquía hasta la isla de Lesbos, desde donde fueron trasladados en ferri al puerto de Pireo en Atenas.

Estos refugiados se suman a los miles de solicitantes de asilo llegados desde enero a las islas griegas del Egeo. Desde entonces se ha incrementado en un 60% la llegada de sirios y afganos al país. Según Dimitra Koutsavli, vocera de Médicos del Mundo de Grecia, el ritmo de las llegadas a las islas (Lesbos, Samos, Quios, Leros y Kos) es de aproximadamente 600 personas por día. Una cifra impactante.

Alejado del casco turístico de la ciudad, la vida de estas 400 personas en el parque Areos pasa inadvertida para los miles de visitantes y es completamente ignorada por el gobierno de Syriza.

El parque de propiedad pública fue diseñado en 1934 con el objetivo de homenajear a los héroes de la revolución griega de 1821 contra el Imperio Otomano y fue renovado en 2010 y cubre un espacio de 28 hectáreas y en la entrada principal se encuentra emplazada una estatua ecuestre del Rey Constantino I.

Un miembro de un colectivo anarquista que se acercó a brindar su solidaridad nos recordó que se trata del segundo campamento de refugiados. Hace unos meses, un grupo de refugiados sirios que protestaron frente al Parlamento de Grecia, en Plaza Syntagma fueron desalojados por las fuerzas policiales.

Nos acercamos a una señora que caminaba hacia el parque cargando bolsas con pañales y comida quien nos cuenta: “nuestro país está viviendo una situación dura pero esto no impide la solidaridad. En nuestro lugar de trabajo y barrio nos reunimos y decidimos hacer una colecta para comprar comestibles y otros productos que pudieran necesitar estas familias.”

Entre los facilitadores del campo de refugiados está Kazim Rooish, presidente de la comunidad afgana de Grecia, quien nos explica: “cuando los refugiados no encuentran otro lugar a dónde ir, no tienen familiares, deciden venir aquí y se instalan con carpas”. Pero Kazim se mostraba escéptico ante la respuesta gubernamental “las autoridades dicen que están buscando soluciones para los refugiados pero por el momento no han encontrado ninguna solución duradera.”

Kazim enfatizaba que la mayoría de las personas están aquí solo de paso, porque desean seguir camino a otros países. Muchos están obligados a dejar sus países debido a situaciones de hambre, miseria y guerra. Algunos son refugiados políticos y otros vienen por razones económicas.

Lo que conmueve es la solidaridad de la gente de Atenas que viene a traer comida y a ayudar en forma totalmente voluntaria. Algunos son parte de ONG, médicos o asistentes sociales, pero otros no, son trabajadores o vecinos que simplemente se solidarizan con quienes están atravesando una situación peor.

En medio del ajuste y las draconianas medidas impuestas a la población griega, es alentador ver que esta crisis migratoria despierta actitudes solidarias. Por otra parte, todos resaltan la indiferencia del gobierno de Tsipras, cuya única medida se limitó a habilitar una canilla de agua para las 200 familias, mientras los deja abandonados y sin ninguna respuesta a sus demandas. De no ser por la solidaridad de la comunidad estas 400 personas no tendrían ni comida o agua ni podrían cubrir sus necesidades mínimas.

La odisea de los refugiados es una mancha de vergüenza para el gobierno de Syriza.

Alejandra Rios

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