Impunidad policial a diez años de la “Revuelta de las banlieues”

Este 18 de mayo a la noche, la bronca era palpable frente a los tribunales de varias ciudades de Francia. Cientos de manifestantes se movilizaron para protestar contra la decisión de justicia, dictada el mismo día, que absuelve a los dos policías responsables de la muerte por electrocución de los adolescentes Zyed y Bouna el 27 de octubre de 2005 en Clichy-sous-Bois.

Un drama que había desatado una explosión en las periferias de más de 300 ciudades francesas, la llamada “Révolte des banlieues” (la “Revuelta de las banlieues”). Durante tres semanas se desarrollaron violentos enfrentamientos entre la juventud más oprimida del país y las fuerzas de represión desplegadas en toda su potencia para aplastar el movimiento.

Con solo 17 y 15 años, Zyed Benna y Bouna Traoré, no eran más que un ejemplo entre tantos miles de jóvenes hijos o nietos de la inmigración trabajadora, que sufren la precariedad, las degradadas condiciones de alojamiento y educación, el racismo, la violencia policial, la exclusión y la falta de perspectivas a diario.

Esos jóvenes que el sistema desprecia al punto que los controles de identidad y los cacheos, muchas veces acompañados de insultos o violencia de parte de los policías, son parte de su vida cotidiana. Estos jóvenes que los medios de comunicación tratan de delincuentes, cuando para sus familias se trata de supervivencia y humillación constante. Estos jóvenes que viven a unas paradas de tren de París y nunca vieron la torre Eiffel en tamaño real. Estos jóvenes que la policía mutila y asesina con toda impunidad.

Esta es la realidad tras la historia de Zyed y Bouna, con la cual se identifican miles. Los miles que se levantaron en el 2005.

Diez años después, las voces de las banlieues siguen gritando, pidiendo justicia por sus hermanos muertos a manos de una policía asesina. Un grito que resuena entre sus hermanos de clase que, en Baltimore, luchan contra la misma violencia de Estado.

Crónica de una muerte anunciada

El 27 de octubre de 2005, estamos en pleno Ramadán. El día termina, para los adolescentes es hora de terminar su partido de fútbol, volver a casa y compartir la cena familiar después de esas horas de ayuno que forman parte de la tradición musulmana en este periodo del año. Pero esa noche, Zyed y Bouna no volverán. Un vecino ha señalado a la policía que tres jóvenes podrían haber entrado a una obra para robar material. Están con su amigo Muhittin, el único sobreviviente esta noche. Cuando los jóvenes ven parar bruscamente un auto de policía, lanzado a toda velocidad atrás de ellos, el miedo los sumerge, acostumbrados a la violencia de los controles policiales. Porque uno sabe como empieza, pero nunca sabe cómo termina. “Si la policía me agarra, mi padre me manda directo al pueblo en Túnez”, fueron unas de las últimas palabras de Zyed. Su padre trabaja de recolector de basura para la municipalidad de París, al igual que el padre de su amigo Bouna.

Entonces empiezan a correr. En el espacio de unos minutos, se han sumado cinco autos de policía, otra decena de agentes a pie, para parar a tres adolescentes que no han hecho absolutamente nada. Un policía percibe sus sombras pasando arriba de las rejas de un terreno de la compañía de electricidad EDF. Los señala. “Al parecer están entrando al sitio EDF, hay que traer refuerzos…” Y agrega la cínica frase que le valdrá estar asignado en justicia: “…si entran al sitio EDF, yo no doy mucho por su vida”.

Efectivamente, los jóvenes corren peligro por su vida. Pero del otro lado del equipo de radio, no hay ninguna reacción en el puesto de policía. Pasan veinte minutos y nadie se preocupa por la vida de los adolescentes. Para salir del campo de visión de las fuerzas represivas, los tres jóvenes han subido a un puesto de transformación de electricidad. A esa altura, ya ni perciben las calaveras que advierten del peligro, solo piensan en escapar a esa persecución que se vuelve una pesadilla. Un choque eléctrico los propulsa en altura, provocando un corte de luz en toda la ciudad de Clichy-sous-Bois. Mientras tanto, los policías se han alejado. Los cuerpos de Zyed y Bouna caen inertes. Muhittin, quemado a 2000 grados, la ropa pegada a la piel, encuentra la fuerza para volver al barrio, buscar ayuda. Los hermanos del barrio acuden. Son ellos los que llaman a los bomberos. Pero los minutos pasan, parecen horas, y ya es tarde, Zyed y Bouna jamás se levantarán.

Las caras del barrio desaparecen detrás de las lágrimas y la noticia se propaga como un reguero de pólvora, desatando una bronca inmensa en las periferias que sufren la violencia policial a diario. La revuelta de las banlieues durará tres semanas, en las cuales en las periferias de más de 300 ciudades francesas, no sólo se incendian miles de autos y centenas de edificios públicos, sino que los jóvenes se enfrentan directamente a la policía. El gobierno de Villepin ha declarado el estado de emergencia, como en la guerra sucia de Argelia, desplegando un arsenal represivo impresionante para aplastar la rebelión de esa juventud que ya no acepta quedarse callada.

In(justicia)

Este 18 de mayo de 2015, la justicia mostró una vez más de qué lado está. Después de 10 años de pelea de las familias de las víctimas, y un juicio en el cual solo comparecían dos policías acusados de “no asistencia a persona en peligro”, la sentencia fue brutal. Considerando, a pesar de las pruebas y de los numerosos testimonios, que los agentes “jamás tuvieron consciencia de la existencia de un peligro grave e inminente”, el tribunal correccional de Rennes pronunció la absolución de los policías responsables de la muerte trágica de Zyed Benna y Bouna Traoré.

Para las familias de las víctimas y sus numerosos apoyos, esta sentencia deja una amargura brutal y una bronca reforzada por las escandalosas reacciones de la esfera política. Christian Estrosi, diputado de la UMP que tuvo varios cargos ministeriales entre 2005 y 2010, se felicitó de la absolución de los policías, declarando que “para que los jóvenes no terminen delincuentes, las familias tendrían que educarlos”. Y mientras Marine Le Pen (FN) tuiteó que “se hizo justicia”, su sobrina Marion Maréchal Le Pen fue mas sínica aun, afirmando que “la sentencia demuestra que la racaille [palabra despectiva para designar a los jóvenes de las periferias populares] puso las banlieues a fuego y sangre por su gusto y no por un abuso de la policía”.

Esta decisión de injusticia y las reacciones que provoca, muestran una vez más que la palabra de un policía vale mil veces más que la de los jóvenes negros y árabes que el sistema estigmatiza, reprime y mata en total impunidad. Para ellos, está claro que la justicia no existe. Ese era el tono de las concentraciones que tuvieron lugar en varias ciudades de Francia este lunes por la noche.

Flora Carpentier

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