¿Del bipartidismo al “cuatripartidismo” en el Estado Español?

Esta semana se dio a conocer la última encuesta de intención de voto de cara a las próximas generales de 2015 realizada por Metroscopia para el diario El País. En el examen de los porcentajes hay cuatro “tercios” claves para entender este año electoral. Sí, cuatro. La política a veces niega a la aritmética. Tres son los que ocupan la mayor parte de los análisis: el “tercio menguante” del Partido Socialista (23,5 %), el “tercio ascendente” de Podemos (28,2 %) y el “tercio en la sombra” resultante de la suma de PP, UPyD y Ciudadanos (32,3 %). El cuarto es el tercio de la “potencial disputa”, el 36,6 % de abstención del que casi nadie habla pero que es el único que aritmética y políticamente es un tercio sin comillas.

El “tercio menguante”: garantía de cambio controlado

Las elecciones europeas de 2014 fueron uno de los toques de atención más contundentes para el Régimen del 78. Todas las alarmas sonaron: el bipartidismo estaba seriamente amenazado. Por primera vez los votos del PP y el PSOE se ubicaban por debajo del 50 por ciento. El otro 50 por ciento quedaba atomizado entre diferentes formaciones, pero con un ascendente claro que se ha ido consolidando en los últimos meses: Podemos.

El principal límite del terremoto de mayo era y es justamente que se circunscribe, casi con rasgos de exclusividad, a lo electoral. Se hunde el Régimen por sus propios méritos. Pero “la calle” y sobre todo “los centros de trabajo” se mantienen pasivizados y sin intervenir. La primera por el desgaste de movimientos que arrancaron con el 15M y que se vienen canalizando detrás de distintos proyectos políticos de reforma económica y política, del que Podemos es sin duda el principal, que conscientemente quieren concentrarse en “ganar partido a partido” en las urnas, sin hacer ruido en la calle que dificulte la disputa por la centralidad del tablero político. Los segundos gracias a la pérfida labor de unas direcciones sindicales burocráticas que se mantienen como la pata del régimen que mejor puede todavía ejercer una función de salvavidas.

La ausencia o debilidad de este factor, la lucha de clases, y mal que les pese a los apologistas de la postpolítica y la videopolítica, deja todavía al régimen margen para evitar entrar en barrena. Después de mayo vimos como la Corona se renovaba con la abdicación de Juan Carlos I: la institución cúspide del régimen, fundamental para una regeneración ordenada como la que planteó Felipe VI en su discurso navideño.
Y algo más importante aún de cara a las elecciones de noviembre: el PSOE está resistiendo bastante bien las amenazas de “pasokización” después de su último Congreso y las primarias que auparon a Pedro Sánchez a la secretaria general.

A diferencia de su hermano griego, amenazado con quedar fuera del Parlamento, la pata izquierda de la alternancia española se mantiene en un 23,5 por ciento. Aunque es un mínimo histórico, lo convertiría en una pieza clave para la formación de gobierno. Además el “tercio menguante” del Partido Socialista español (PSOE) puede dejar de seguir menguando y a ello se está dedicando su nueva Ejecutiva que, aunque con menos destrezas que los profesores de comunicación política de Podemos, están aprendiendo rápido a jugar a la videopolítica.

Entre el tercio “menguante” y el “ascendente” tenemos el 5,3 por ciento de IU, que en la alta política que se promete para los próximos meses se ve condenada a jugar el rol subsidiario que le dejen PSOE y Podemos.

El “tercio ascendente”: menos fuerzas nuevas de lo que parece

Por lo tanto, ¿está Podemos condenado a tener que formar gobierno con el PSOE y con IU de posible “invitada”? Por el momento su giro al centro y su estrategia electoralista casi que no le deja mucho más margen que clausurar el “año del cambio” con el pacto con uno de los dos principales partidos de la “casta” y con su socio habitual, IU. Siempre y cuando el PSOE no opte por el harakiri formando una gran coalición con el PP, algo que de momento vienen descartando y que seguro sus primos griegos no le recomendarían.

El “tercio ascendente” parece que está topándose con un techo de cristal que lo condena a conformarse con ser solo un tercio más, el mayor de los que votan si lo medimos por formaciones políticas. ¿Cómo puede ser que en un país en el que el descrédito de los partidos políticos tradicionales alcanza entre el 70 y el 80 por ciento de la población, el partido anti-casta no logré romper la barrera del 30 por ciento? La explicación la debemos buscar al responder a la siguiente pregunta: ¿quién vota a Podemos? Y por lo tanto, ¿quién no lo vota? ¿Quién no lo ve como una opción que pueda resolver sus problemas? En otras palabras, es necesario que, sin obviar la importancia del auge de esta formación, examinemos hasta dónde y quiénes llegan el entusiasmo y la ilusión en su “año del cambio”.

Según la misma encuesta la mayoría de los votantes de Podemos son quienes actualmente tienen trabajo, cuentan con estudios de segundo grado, se autodefinen de clase media, tienen una media de edad de 43 años y se sitúan en un arco ideológico de centro-izquierda (en el 3.9, siendo 0 extrema izquierda y 10 extrema derecha). Un perfil de votante que es casi calcado al votante socialista y en menor medida al de IU, y que de hecho confirman que el logro de Podemos ha sido lograr atraer para sí a los votantes de estas formaciones tradicionales: sectores de la clase obrera más madura y que conservan todavía algunas conquistas y condiciones, sectores de clase media y profesional y de la juventud universitaria. Solamente el 15 por ciento del votante de Podemos se abstuvo en las anteriores elecciones.

Sin embargo, y en contra de la “imagen” auto-construida por sus dirigentes y buena parte de los medios, Podemos no ha logrado todavía incorporar a la política, aunque sea en clave electoral, a una gran parte de la población que es justamente la que más padece las consecuencias de la crisis y que en los últimos años tampoco era base electoral de ninguno de los partidos del régimen. Los sectores más precarios y explotados de la clase trabajadora, que se acumulan sobre todo en la juventud con más de un 50 por ciento de desempleo, los parados de larga duración, los inmigrantes y las mujeres (el votante de Podemos también es predominantemente masculino). ¿Dónde se ubica electoralmente una buena parte de estos sectores? Al igual que en los últimos años, seguramente haya que buscarlos en una abstención del 36,6 por ciento que supera incluso a las elecciones de 2011 (28,4 por ciento).

Las características de la base electoral de Podemos no son un accidente. Son coherentes con el proyecto político y la propuesta de una regeneración política desde las mismas instituciones del régimen que viene planteando Pablo Iglesias. El giro al centro de su discurso debemos entenderlo como la pelea por un electorado que aún lo percibe como más radical que ellos mismos (sus mismos votantes lo perciben en el 2.8) y en ningún caso como un proyecto que quiera basarse en los sectores más afectados por la crisis y los más excluidos del sistema y la participación política. Una base social más a la izquierda, que presionara a tener que tomar de forma radical los grandes problemas sociales y no solo la denuncia superficial de la “casta”, sería un elemento mucho menos controlable.

De momento Iglesias y su equipo consideran que el “cambio” debe ser tranquilo, de la “ley a la ley” y sin protagonismo de “la calle” ni menos aún “los centros de trabajo”. Un buen ejemplo lo vimos tras las elecciones de mayo y la abdicación del Rey, cuando Iglesias se negó a impulsar una gran movilización contra la Corona. A lo más que puede abrirse es a una participación aséptica y telemática en la que el rol mediático de quien dirige garantiza el éxito plebiscitario. Si en la Transición el PCE tuvo que esforzarse para calmar la lucha de clases, en el proceso constituyente que propone Podemos sus dirigentes esperan no tener si quiera que repetir el rol de apagafuegos, evitar un auge de la movilización obrera y popular de forma preventiva.

El “tercio en la sombra”: a la espera de turno

El tercio de la derecha aparece para los analistas de centro izquierda y buena parte de la izquierda podemista como poco preocupante. Es cierto que el PP se hunde a un 19,2 por ciento. Pero al mismo tiempo emergen con fuerza formaciones de la derecha populista: Ciudadanos con un 8,1 por ciento y UPyD se mantiene en el 5 por ciento. La excepcionalidad hispana, que consistía en la ausencia de fenómenos de polarización política por derecha como vemos en gran parte de Europa, puede estar llegando a su fin.

La crisis del PP, acechado por decenas de casos de corrupción y con la posibilidad de pasar de gobernar casi todo a gobernar casi nada, puede acabar con el partido que contenía a todas las derechas españolas. Pero además, los aires reaccionarios que se respiran en Europa después de los atentados de París, pueden ser también balones de oxígeno tanto para evitar una mayor caída del PP como para la emergencia de opciones más radicales a su derecha.

Las medidas liberticidas anunciadas por el Gobierno o los últimos ataques represivos contra la izquierda abertzale son un indicador de que en principio tratarán de recuperar parte de su base electoral con su política estrella: el antiterrorismo españolista.

El tercio de la “potencial disputa”…

Para analizar este tercio sin comillas conviene reconciliarnos con la aritmética y medir exactamente cuál es el tamaño real de cada “tercio”. La abstención constituye el 36,6 por ciento del censo. Esto es el doble del porcentaje del censo que votaría a Podemos (17,8 por ciento), al PSOE (14,8 por ciento) o al PP, UPyD y Ciudadanos juntos (20,04 por ciento). Todos lejos del tercio real del electorado. Todavía no hay ninguna formación que esté siendo capaz de integrar electoralmente a los sectores sociales más golpeados por ocho años de crisis.

En tanto y cuanto estos sectores sociales se mantengan fuera de la escena política, y mucho más aún en cuanto no se transformen en potentes fuerzas sociales, será menos probable que los proyectos políticos de regeneración democrática – se llamen así, de ruptura o incluso revolución democrática- adopten discursos de mayor radicalidad. Por el temor a que éstos animen fuerzas con dinámica propia que cuestione los límites de la reforma económica y política.

Hoy por hoy ninguno de los proyectos políticos tiene los mimbres necesarios para despertar, aunque sea electoralmente, a estos sectores sociales. Los partidos del régimen, desde el PP hasta el PSOE o la misma IU, están demasiado desprestigiados. Lo “nuevo”, tanto por izquierda como por derecha, no levanta un programa o consignas con una radicalidad capaz de entusiasmar.

Podemos no aborda a fondo los grandes problemas sociales como la precariedad laboral, los despidos, los salarios de hambre… Y prefiere concentrarse en otros que asustan menos al votante de centro izquierda como la corrupción política, la defensa de los servicios públicos, los problemas de empleo de la juventud universitaria y la emigración de cerebros.

En el otro extremo, Ciudadanos hace bandera del españolismo más casposo, pero todavía no se quiere adentrar al mismo nivel en propuestas populistas de derecha como la bandera anti-inmigración.

Pero, ¿podría Podemos lograr motorizar electoralmente a una parte de estos sectores sociales? Sí, podría. Pero de momento es un elemento que sólo distorsionaría los planes de proceso controlado de cambio que persigue Iglesias. Si en este “año de cambio” la dinámica de la lucha de clases diera un giro -en contra del pronóstico y esfuerzos de los mismos dirigentes de Podemos y la burocracia sindical- quizá se vería forzado a radicalizar su discurso para poder desviar y contener estas fuerzas sociales. También si el Régimen golpea duro -por ejemplo con más affaires Errejón -o se recompone más de lo previsto por medio del PSOE. En este caso las aspiraciones a la Moncloa de Podemos podrían verse cuestionadas y tener que intentar motorizar electoralmente a los sectores obreros y populares hasta hoy por fuera de la escena y de su discurso. Pero como decimos esta opción está todavía fuera de la hoja del entrenador Iglesias para “ganar partido a partido las elecciones generales”.

Sin embargo, hacerlo aún con promesas demagógicas que luego no cumpliese, sería la vía más factible para emular unas elecciones como las del PSOE del 82. En aquel momento Felipe González, con propuestas que hablaban de nacionalización de la banca y rechazo a la OTAN, logró el 48 por ciento de los votos, el 38,8 por ciento del censo de unas elecciones con una abstención del 20 por ciento, casi la mitad de la prevista hoy. El PSOE del 82 tuvo que lidiar con condiciones que venían dadas muy distintas. Su proyecto venía a clausurar la Transición, poner un punto y final definitivo a un clima de movilización social que ya venía en retroceso. Los discursos de González conseguían millones de votos a la vez que generaba las condiciones para imponer la definitiva desmovilización social del “desencanto”.

Hoy Podemos debería azuzar electoralmente -con discursos y promesas, no por medio de la movilización social- a los mismos sectores sociales que el PSOE venía a sacar de la escena política y social para lograr romper su techo de cristal electoral. Pero el riesgo de que pasen de lo electoral a lo social -a exigir al nuevo gobierno que cumpla lo prometido y resuelva sus problemas- y a lo político -a orientarse hacia salidas políticas independientes hecha la experiencia con el “año del cambio”- es lo que lo convierte en una carta no deseada.

En el otro extremo tampoco se puede descartar que sobre todos estos sectores sociales juegue sus cartas la derecha populista. Como veíamos el ascenso de Ciudadanos y los intentos de refuerzo del PP nos enseñan las orejas del lobo que ya se ven en otros países de Europa. Además una posible decepción con los proyectos de regeneración por izquierda que no quieren entrar a resolver los grandes problemas sociales a fondo, pueden dejar camino abierto a la extrema derecha para tratar de hacer base en los sectores sociales más golpeados por la crisis bajo banderas reaccionarias como el nacionalismo español o el discurso anti-inmigrante. No sería ninguna excepcionalidad, pues ya estamos viendo en otros países como Francia, donde el Frente Nacional es capaz de arrastrar tras de sí a cientos de miles de obreros y sectores populares que antes confiaron en la izquierda tradicional y no se ven hoy seducidos por los discursos moderados de la izquierda neo-reformista.

Pero este terreno no debe estar solo en disputa entre los proyectos “antisistémicos” de derecha e izquierda, como los considera Perry Anderson. Es también un terreno clave para construir una alternativa que abogue por la ruptura revolucionaria con el régimen del 78 y la verdadera resolución de los principales problemas sociales a costa de los intereses de los grandes capitalistas.

Lamentablemente buena parte de la izquierda que se reclama anticapitalista o revolucionaria en el Estado Español mantienen una política de seguidismo a Podemos. Esta participación en la ilusión en el “año del cambio” la está llevando a la pérdida de todo norte estratégico, al embarcarse como compañera de viaje de un proyecto político que se encamina a una restauración controlada y pactada del régimen del 78. Asociado a ello están profundizando el abandono casi total de la pelea por este “tercio”, compuesto mayoritariamente por los sectores de la clase trabajadora y la juventud más explotados, y la tarea de fusionarlo con el resto de sectores de trabajadores y la juventud que hoy por hoy confían en una salida de reforma de lo existente, justamente gracias al clima de desmovilización y falta de alternativas realmente rupturistas.

La pelea por este tercio desde la izquierda revolucionaria no puede hacerse con los mismos esquemas electoralistas que podrían pelearlos los “proyectos antisistémicos” de derecha e izquierda. Además nuestra pelea también debe disputar los demás “tercios”, especialmente el “ascendente” y el “menguante”. El objetivo estratégico es que estos sectores pongan en marcha sus fuerzas, social y políticamente.

En primer lugar, peleando en contra de la pasivización impuesta por la burocracia sindical a la clase trabajadora y por las ilusiones en lo electoral y el neoreformismo en amplios sectores populares y juveniles. Que hoy millones no vean más salida a sus grandes problemas y demandas que esperar a las elecciones de noviembre, está íntimamente ligado a la baja intensidad de la lucha de clases que no ha sido capaz de mostrar que es posible una vía rupturista verdadera.

Al mismo tiempo, y al calor de ese proceso, debemos pelear por fraguar una alternativa política revolucionaria. Por el paso de lo social a lo político, pero en clave de superación de los marcos de un Estado heredero directo de la dictadura y del sacrosanto derecho de propiedad de los grandes medios de producción. Los militantes de la izquierda revolucionaria del Estado Español debemos abrir la discusión sobre cuáles son las vías pata construir un partido de trabajadores revolucionario. Un partido que se prepare para agrupar a los mejores trabajadores y jóvenes detrás de un programa y una estrategia dirigida a pelear por una salida que evite una nueva transición, y se prepare para que las vastas fuerzas sociales, puedan abrir un proceso constituyente revolucionario sobre las ruinas del régimen del 78 y abran paso a un gobierno de los trabajadores y sectores populares.

Santiago Lupe

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