¿Por qué ha fracasado la apuesta de Podemos de un “gobierno de progreso”?

El pacto PSOE-Cs muestra que “lo viejo” trata de imponer las premisas más conservadoras posibles a la nueva Transición. El nuevo “compromiso histórico” de Podemos vive la explosión de su “burbuja pospolítica”. ¿Cuales son las tareas para los que seguimos luchando contra el Régimen del 78 y por una salida obrera a la crisis capitalista?

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Desde el anuncio del pacto firmado por Sánchez y Rivera se han escrito ríos de tinta sobre si éste llegará a plasmarse en un futuro gobierno, con la abstención del PP, o si es una mera toma de posiciones para disputarle a Podemos y el PP respectivamente fracciones del electorado de cara a una nuevas elecciones.

No entraré en este artículo en analizar las posibilidades de que se abra paso una u otra hipótesis, si bien cada día me inclino más por que tendremos comicios en verano. Tampoco reproduciré el dramatismo con el que viven periodistas de cámara, tertulianos de todo tipo y los dirigentes políticos de uno y otro extremo de las Cortes esta ingobernabilidad.

Para aquellos que estamos por acabar con el régimen heredero de la dictadura y los planes de seguir descargando la crisis sobre nosotros las preocupaciones deberían ser otras.

Un “empate” más aritmético que “catastrófico”

Iñigo Errejón se refería hace unas semanas a este panorama como un “empate catastrófico”, en el que “lo nuevo” aún no tiene fuerza para imponerse y “lo viejo” tampoco la suficiente como para seguir sobreviviéndose a sí mismo. Un nuevo “abuso” de Errejón de una categoría de Grasmci, pero que puede servir al menos como metáfora para entender hacia donde se orientan los dirigentes de “lo nuevo”.

Su manera de resolver este “empate” ha sido desde el principio la búsqueda de un pacto con una parte de “lo viejo”, que lograra restaurar la legitimidad perdida del actual régimen político. El mismo Errejón ha definido esta estrategia como la búsqueda de un nuevo “compromiso histórico”. Esta vez sí, haciendo “uso” de una categoría del estalinismo italiano de posguerra y el eurocomunismo de los 70 que fue el sustento “teórico” del pacto del 78 entre los dirigentes del antifranqismo con los franquistas y la Corona.

Lo que hemos visto en estos días de breves negociaciones entre el PSOE y Podemos, IU y las confluencias, ha sido un intento, por el momento fracasado, de forjar un pacto que renovase al del 78. Por parte de “lo nuevo”, disposición no ha faltado. Las demandas democráticas estructurales ya habían sido unas aparcadas antes del 20D -como la cuestión de la Corona, la disolución del Senado, la Audiencia Nacional…- y otras iban camino de ello -como el referéndum catalán que Garzón ya se adelantó a decir que no podía ser obstáculo para el acuerdo-. Sobre el programa social más de lo mismo. Podemos nunca aspiró a aplicar un programa anti-capitalista, eso es cierto, pero es que hasta demandas como la restructuración de la deuda o una negativa tajante a aplicar los 10.000 millones extras de recortes que pide Bruselas, han estado por fuera de la mesa cuatripartita. El modelo “Tsipras” era el inspirador de Iglesias y Garzón, es decir hacer reformas hasta donde la Troika deje.

Sin embargo ¿Qué ha pasado? ¿Porqué “lo viejo” no se aviene a recoger el guante de “lo nuevo”? ¿De donde viene esa “ingratitud”? Al final el PSOE ha optado por un pacto con Ciudadanos, un engendro del IBEX35 y el grupo Prisa para facilitar una restauración del régimen en clave conservadora. El acuerdo firmado entre ambos partidos es una combinación de reformas políticas cosméticas y tibias promesas de reformas sociales condicionadas a mantener las políticas de ajuste por un lado, y mantenimiento de lo esencial de la “obra” de Rajoy (reforma laboral, ley mordaza, LOMCE…), profundización en los ataques (sobre todo por medio del abaratamiento del despido, copagos…) y cierre en banda en cuestiones centrales como la catalana.

Con lo que no contaban Iglesias y Errejón es que el “empate” para que pudiera ser sentido como “catastrófico” por “lo viejo”, debería transcender el empate aritmético en las Cortes. Hoy, la desmovilización de los trabajadores, la juventud y los sectores populares, impuesta por la burocracia sindical y promovida por el nuevo reformismo, les viene a jugar en contra. La crisis del Régimen del 78 se ha profundizado “por arriba”, pero a diferencia del 2011-12, “por abajo” los servicios de Toxo, Mendez en primer lugar, y Iglesias, Colau, Errejón, Carmena… la ha dejado lo suficientemente tranquila como para poder permitirse el intento de que la Transición 2.0 parta de las premisas más conservadoras posibles. En Catalunya han sido los Mas y Puigdemont, con la venia del resto del bloque soberanista, los que han cumplido esta labor desmovilizadora, y “mica en mica” allanan el terreno para una integración del “proceso” en la futura “regeneración”, si les dejan claro.

Cuando la pos-política choca con la dura realidad de las fuerzas sociales, o su ausencia

El fracaso de Podemos para lograr un “gobierno de progreso” con el PSOE se explica pues por sus propias debilidades como representante de “lo nuevo” y en cierta “arrogancia” y superficialidad en el exámen de sus referentes históricos. Iglesias y Errejón no ocultan su admiración por el PCE de Santiago Carrillo y su “contribución al restablecimiento de la democracia”. Pero su intento de emulación se hace sobre concepciones de la pos-política que dan más valor al discurso y las estratégicas de comunicación, que a las fuerzas reales de la sociedad.

El PCE basó su hegemonía política en el anti-franquismo en su trabajo en la clandestinidad, en la construcción de las CCOO, las huelgas de los 60 y 70, el movimiento estudiantil, años de cárcel y persecución, el movimiento vecinal… Esa era la fuerza social que dirigía, y que supo utilizar no para imponer una ruptura política y una transformación social, sino para conseguirse un hueco en la mesa de negociación con el gobierno Suárez. De hecho, mientras esto no fue así, el PCE dejó correr la movilización contra el gobierno Arias, eso sí siempre controlada para evitar que se le escapara de su control como le sucedió en no pocas ocasiones. Si los franquistas aceptaron sumar al festín de la Transición a los “comunistas” fue porque eran fundamentales para frenar la calle y sobre todo los centros de trabajo y tajos. Carrillo supo hacerse con una carta valiosísima que poder intercambiar.

Hoy Podemos quiere emular a Carrillo, pero sólo en la segunda parte de su hazaña. Ha pretendido inútilmente sustituir las luchas contra el vertical, las huelgas obreras, el ascenso de luchas de 1976… por minutos de televisión y proyección mediática. La burbuja de la video-política parece que ha estallado. El “empate” a día de hoy es más “catastrófico” para su proyecto de integración tranquila en un nuevo “compromiso histórico”, que para el propio régimen que, mientras esté controlado todo “por abajo”, está buscando los agentes y maneras para una regeneración conservadora.

¿Por qué camino optará? ¿Recurrirá a llamar o impulsar la movilización? Es una hipótesis que no se puede descartar. Ahora bien, su negativa a construirse como un partido orgánico de los sectores que han padecido la crisis, especialmente entre los trabajadores, y su acercamiento a la burocracia sindical, se lo dejan difícil. Sus posibilidades para hacerlo son mucho menores que las del PCE de los 70. Sus capacidades para controlar una movilización que no se desborde también. Y por todo ello, su voluntad de emprender este camino es altamente dudosa. Además, y de esto ya sabe Ada Colau, si la movilización social se re-emprende seguramente choque con las parcelas de gestión institucional en manos de los del “cambio” que replican las políticas de la “casta” y hasta sus discursos anti-huelga.

Los trabajadores y sectores populares son los únicos capaces de “desempatar” en favor de las grandes mayorías sociales

De lo que no cabe duda es que esta segunda Transición no puede seguir teniendo a los trabajadores y sectores populares como convidados de piedra. Millones de ellos votaron a Podemos o IU-UP, y antes a las “candidaturas ciudadanas” en las municipales, con la ilusión de que el nuevo reformismo resolvería gran parte de las demandas democráticas y problemas sociales. La experiencia con estos proyectos políticos no va a ser inmediata, e incluso el fracaso de las negociaciones puede llevar a un zig a la izquierda discursivo (sobre todo si se repiten elecciones), pero ya hay sectores que está sufriendo los límites de los mismos, como los trabajadores de TMB en Barcelona.

Retomar la movilización social, especialmente de la clase trabajadora, es esencial para reactivar la crisis “por abajo” del Régimen del 78 y para poner freno a los nuevos ataques que se avecinan, como los pactados ahora por el PSOE con Cs o las exigencias de Bruselas. La situación de “parálisis” y crisis “por arriba”, es un elemento a favor para que se pueda re-emprender la “crisis por abajo”, por eso llora tanto El Pais, el periódico por excelencia del Régimen del 78. Esta movilización es una condición sine qua non para poder desbaratar los planes de una Transición 2.0 en clave conservadora como la que defienden Sánchez, Rivera y Rajoy.

Pero la otra “versión” de esta mala película tampoco tiene nada que ofrecernos. El nuevo “compromiso histórico” que defiende Podemos, IU y las confluencias, es una emulación senil del pacto entre el PCE con los franquistas y la Corona en 1978. Reeditar un nuevo “consenso” que deje de nuevo en el cajón cuestiones como el fin de la Monarquía, el derecho de autodeterminación o acabar con la casta política, y que en la esencial respete los fundamentos de las políticas económicas y sociales que están descargando la crisis sobre los trabajadores y las mayorías sociales.

Por ello retomar el camino de la organización y movilización de los trabajadores, de la lucha contra la burcoracia sindical, de reactivar el movimiento estudiantil, las movilizaciones por el derecho a decidir de las nacionalidades, contra el régimen y la “casta”… debemos aglutinarlo en la perspectiva de la pelea por la apertura de un verdadero proceso constituyente libre y soberano, y no un pacto por arriba entre los dirigentes de “lo nuevo” y “lo viejo”. La lucha por imponer una asamblea constituyente desde la movilización obrera y popular es el mejor antídoto contra los intentos de colarnos una nueva Transición sea en versión “conservadora” o “de progreso”.

Realmente este es el único camino para abortar un nuevo desvío histórico como el que se prepara, y fortalecer en ese proceso las capacidad de lucha y organización de la clase obrera para poder abrir el camino a una salida de fondo a las grandes demandas democráticas y sociales, un gobierno de los trabajadores y los sectores populares.

Santiago Lupe

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