Revolución democrática, conservadurismo burocrático y revolución permanente

Los escollos que truncaron los planes bélicos de Obama en la crisis Siria, han actuado como un claro sín­toma de la crisis de hegemonía de los Estados Unidos como principal potencia imperialista. Son muchas las contradicciones que encuentra para restablecer su dominio en una región estratégica, todavía sacudida por los complejos procesos de la primavera árabe, con el telón de fondo de la crisis capitalista. Temeroso de entrar en una nueva aventura militar, con su población poco proclive a una nueva guerra, práctica­mente sin aliados y con la oposición de China y Rusia en los organismos internacionales, Obama se acogió a la propuesta de Rusia por la cual el arsenal sirio de armas químicas debe eliminarse o destruirse, lo que dejaría sin efecto la inminente intervención militar. Mas allá de su desarrollo, una forma pragmática para Obama de salir del callejón sirio que sin embargo lo debilita y tendrá consecuencias a lar­go plazo, afectando de forma negativa la percepción del poder de EEUU en la arena mundial.1 Sin embargo, no es mi intención aquí la descripción de la actual coyuntura mundial en relación a la crisis siria, ni sus alcances más a largo plazo. Sino in­troducir algunos elementos a mi enten­der importantes para el debate, ya que los grandes acontecimientos someten infaliblemente a prueba las ideas. Y las revueltas en Siria, la posterior guerra civil y su desarrollo en curso no son la excepción. Las primeras protestas en Siria comenzaron en marzo del 2011 y a la fecha hay más de 100.000 muertos y dos millones de desplazados, en un país con 17 millones de habitantes.

Sobre el debate que se abrió alrede­dor de Siria, buena parte de éste gira alrededor de muchas cuestiones que el marxismo, en sus diversas generacio­nes, fue abordando. Una de las posi­ciones es la de las corrientes estalinis­tas, como el PCPE, que defienden la dictadura de Al-Assad, aún a pesar de la represión militar del levantamiento de 2011 y las últimas masacres. Co­inciden con las posiciones de Castro y del chavismo en Venezuela que de­fienden abiertamente al dictador ele­vándolo a la categoría de gobierno “antiimperialista”. Una posición que comparten otros grupos políticos de la izquierda nacionalista en Aragón, Ca­talunya o Euskadi.

En la base de estas posiciones po­líticas está la idea de que en política hay “campos” enfrentados. Y por el enfrentamiento entre estos “campos”, uno progresivo y el otro reaccionario, las contradicciones entre las clases y la lucha de clases dentro del “campo progresivo” deben hacerse a un lado. De lo contrario sería “servirle a la re­acción”. Esto encubre “teóricamente” una práctica de conciliación de clases. Esto explica en parte las claudica­ciones políticas de Nega, vocalista de los “Chicos del Maíz”, y las variopin­tas corrientes estalinistas a cualquier régimen burgués enfrentado en alguna medida con el imperialismo, o la mis­ma nostalgia por la RDA y la Rusia estalinista. Todo fundamentado en un torpe y rudimentario marxismo meca­nicista con aires de “materialismo”2 y más dicotómico que dialéctico. Un socialismo que está más cerca de pare­cerse a una planilla de Excel, que a las ideas de los grandes clásicos de esta corriente política. Así podemos leer a Nega: “los que celebraron la caída del muro (lo hicieron) porque entre otras cosas, nunca se vieron de patitas en la calle con su familia y tuvieron que ele­gir entre la libertad de tener un techo o la libertad de elegir entre veinticinco tipos de pasta de dientes. (…) Y sí, con Stasi, muro y todo. Y eso es así porque, aunque muchos vivan de degenerar el marxismo, las condiciones materiales continúan determinando la conciencia. Porque cuando la necesidad aprieta, uno se vuelve menos exigente, menos erudito, menos perfeccionista, pone menos peros.”3 Estas son las palabras de todo un realpolitik. Marx y Engels opinaban que la clase obrera era el su­jeto revolucionario porque entre otras cosas “no tenían nada que perder y un mundo por ganar”. Pero para él pare­ce que el marxismo significa que “los que tienen poco que perder, con eso se conforman”.

Solo para recordarlo, la toma del poder por los trabajadores, la expro­piación de los grandes medios de pro­ducción, la planificación racional (y ¡democrática!) de la economía, etc. son sólo medios para un fin: la desalie­nación, es decir la plena libertad del hombre. Esto es importante para que el socialismo no se convierta en la transi­ción más larga del capitalismo al…ca­pitalismo, como terminaron siendo las experiencias estalinistas del Siglo XX. Esto está en la esencia de “los barbudos” como cuando Marx afirma que “La desvalorización del mundo huma­no crece en razón directa de la valori­zación del mundo de las cosas”. O su inseparable camarada Engels cuando escribe “El comunismo es el salto de la humanidad del reino de la necesi­dad al reino de la libertad.”. Incluso el propio Che Guevara, aunque a los hermanos Castro les moleste, plan­teaba que “El socialismo económico sin moral comunista no me interesa. Luchamos contra la miseria, pero al mismo tiempo luchamos contra la alienación.” Me abstengo de hacer otras citas para no aburrir al lector. Esta es una de las más graves dege­neraciones del marxismo en el siglo XX, con desastrosas consecuencias en nuestro siglo.

Revolución democrática, conser­vadurismo burocrático y revolu­ción permanente

Algunos están empeñados en ver “revoluciones democráticas” en todas partes. Nos referimos a grupos como Corriente Roja, miembros de la Liga Internacional de los Trabajadores – Cuarta Internacional (LIT-CI). Esta corriente formuló en los 80 la llamada Teoría de la Revolución Democrática en ruptura con la Teoría de la Revolución Permanente de Trotsky, que venía a de­sarrollar una especie de etapismo para los procesos revolucionarios en los que las reivindicaciones democráticas juga­ban un rol clave. Alejando así de forma indeterminada el horizonte político de la revolución socialista. Para ellos la situación de senilidad histórica del ca­pitalismo llevaba a que todo proceso revolucionario incluso siendo dirigido por un ala de la burguesía tras un pro­grama democrático, terminaría trans­formándose casi automáticamente en un paso hacia la revolución socialista. Una interpretación etapista de los pro­cesos revolucionarios fundamentada en una especie de teoría de la “revolución cualquiera, con dirección cualquiera”. Esto les lleva, en primer lugar, a de­valuar la lucha contra las direcciones burguesas o pequeño-burguesas que se colocan al frente de distintos pro­cesos revolucionarios, y a subordinar el papel de los revolucionarios a me­ros elementos de presión por izquier­da de estas direcciones. Y en segundo lugar, a ver “revoluciones democráti­cas triunfantes” en lo que fueron con­trarrevoluciones o desvíos con ropaje “democrático”, como fue la restaura­ción de la democracia en Argentina en 1983 o las revoluciones de terciopelo en Europa del Este, que canalizaron el rechazo al estalinismo detrás del pro­yecto de la restauración capitalista.4 La Teoría de la Revolución Demo­crática ha tenido unas consecuencias nefastas en la política levantada por la LIT-CI en los procesos de la llamada primavera árabe. Nosotros criticamos abiertamente que en nombre de la lucha contra las dictaduras, ciertas organizaciones den su apoyo a los “bandos rebeldes” y planteen su armamento. Pues el “pe­queño” problema es que los que están en este bando rebelde son el Ejército de Liberación Sirio o la Coalición Na­cional Siria, organizaciones apoyadas por Al Qaeda, Turquía o Arabia Saudí y que en su programa proponen orga­nizar una nueva dictadura teocrática. Justamente son estos grupos “rebel­des” quienes piden la intervención militar imperialista. Las direcciones de los rebeldes libios y sirios son abiertamente proimperialistas, y éstas -junto con el apoyo y la intervención militar- ha sido una de las vías del im­perialismo para recuperar influencia en la región y tratar de abortar estos procesos revolucionarios. En el caso egipcio saludaron como una victoria el golpe de los militares, que ya aparece a todas luces como un intento de aplastamiento del proceso e intento de restauración mubarakista. Y cuando se desató la brutal represión de los militantes de la Hermandad Musul­mana, que apuntó no sólo contra ellos, sino contra el conjunto del proceso re­volucionario, se limitaron a pedir que no se los matara. “Bastaría con arres­tos masivos o, como mínimo, de toda su cúpula. Tampoco sería necesario declarar un estado de emergencia (de sitio) ni un toque de queda, pues sería suficiente con ilegalizar a la Herman­dad”. A la vez que pedían que no se conceda “ningún derecho democráti­co ni de expresión para la Herman­dad y sus líderes políticos mientras se movilicen por el retorno de Morsi”5 .

Olvidan que en política no solo im­porta qué se hace sino quién lo hace. Y que para los revolucionarios no es lo mismo que las masas tiren abajo al gobierno reaccionario de Morsi, a que lo hagan las fuerzas represivas del es­tado capitalista, que lo que buscan es liquidar el proceso de conjunto. La po­lítica de “revolución democrática” ya los llevó junto a otras organizaciones de la izquierda internacional a consi­derar un “gran triunfo” de las masas la caída de Kadafi en Libia, bajo la dirección de la OTAN y sus colabora­dores locales.6

Ya no se trata de apoyar a sectores de la burguesía democrática, sino in­cluso a los agentes de la OTAN en Libia o de Arabia Saudí y EEUU en Siria. Y las nuevas revoluciones de­mocráticas triunfantes ya no son res­tauraciones de democracias formales, sino de nuevos regímenes bonapartis­tas o dictatoriales con lazos fortísimos con el imperialismo, como el Gobier­no títere de Libia o la Dictadura mi­litar en Egipto. Incluso dirigentes de la sección de la LIT en Costa Rica, se hacen eco de forma crítica de esta orientación política.7 Por otra parte, están quienes por un plato de lentejas se resignan a que la clase obrera abandone su misión his­tórica: la revolución socialista. Entre éstos se encuentran las corrientes es­talinistas, que al final y por otra vía se conforman con bien poco: un su­puesto Estado laico en Siria, un techo y pleno empleo en la RDA-con Stasi incluida-, según el Nega.

Es el caso de Siria, peor aún que el estalinismo en la experiencia de los estados del Este, que aunque constru­yó estados obreros monstruosamente deformados, lo hizo sobre la base de la destrucción del estado burgués y la expropiación del capital. Sin embar­go, la dictadura burguesa de Al-Assad hace años que lleva adelante una po­lítica abiertamente neoliberal de ata­que a la clase trabajadora y el pueblo (amen de las brutales masacres del 2011 a esta parte). Si “la necesidad tiene cara de hereje”, no hay mejor defensor de esa máxima que Nega. Lo que encubre esta visión retró­grada, es la justificación del “conser­vadurismo burocrático” de los que sí tienen algo que perder, en el sentido de lo que Mandel llamaba la “dialéc­tica de las conquistas parciales” que relega a la clase obrera a un rol pasivo y mutila su potencialidad revolucio­naria. Toda concesión de la burguesía a los trabajadores y el pueblo pobre puede ser una conquista o un desvío, en función de cómo sea utilizado por los sectores más conciente de estos.

Para el marxista belga “estamos aquí ante las raíces fundamentales del conservadurismo burocrático (…). La razón por la que usamos el término ‘conservadurismo’ –y lo con­sideramos dañino a los intereses del proletariado y por tanto del socialis­mo– es porque esta mentalidad se re­húsa a batirse o a apoyar luchas más avanzadas, con la premisa de que cualquier salto revolucionario hacia adelante, ya sea a escala nacional o internacional, obstruirá o pondrá en peligro las conquistas de la clase obrera”8. Esta misma lógica expresan los defensores de Stalin, Al Assad, Chávez-Maduro, Kim Yong Un, y sus regímenes políticos. La teoría-programa de la revolución permanente desarrollada por León Trotsky, que nosotros sostenemos, re­conoce como uno de sus fundamentos la etapa de declinación histórica del capitalismo, pero no le da a ésta un valor absoluto. Esto significa que la clase obrera no debe detenerse fren­te al programa democrático, sino que para llevarlo adelante hasta el final, se imbrica con las tareas socialistas de la revolución y la construcción de un poder obrero. Lo que implica como condición necesaria una lucha políti­ca independiente de los trabajadores -o más precisamente su fracción más avanzada organizada en partido- por la dirección de esos procesos. El mismo desarrollo de las prima­veras árabes, muestran que sin la des­trucción del Estado capitalista y la construcción de un poder obrero y po­pular es imposible que las elementales demandas democráticas de estos pue­blos puedan ser llevadas hasta el final.

Sobre el muy mentado “ni-nismo”

“Sin teoría revolucionaria no hay práctica revolucionaria”, le gustaba insistir a Lenin, por lo que es interesan­te referirse a la cuestión de la guerra en el marxismo, de la cual la tradición del trotskismo es continuidad. Los estali­nistas suplantan la teoría revoluciona­ria como guía para la acción, por los intereses diplomáticos del campo bur­gués progresivo con el que se alinean. Sobre la afirmación de que en toda guerra hay que tomar posición por alguno de sus bandos, que tanto les gusta citar a los herederos de Stalin, y que todo lo demás es filibusterismo, es interesante recordar que Lenin en la Primera Guerra Mundial sostenía convertir la guerra de carácter impe­rialista, en guerra civil revolucionaria, lejos de escoger alguno de los bandos en pugna configurados por las tensio­nes interimperialistas. Muy distinta fue la posición de los marxistas revolucionarios frente a la URSS, incluso en tiempos de Stalin, donde Trotsky bregaba por el defen­sismo del Estado obrero frente a cual­quier amenaza imperialista. Incluso en 1938, en las vísperas de la II Guerra Mundial, Trotsky plantea­ba: “En Brasil reina ahora un régimen semi-fascista que todo revolucionario no puede ver más que con odio. Su­pongamos, sin embargo, que mañana Inglaterra entra en un conflicto mi­litar con Brasil. En este caso estaré del lado del Brasil ‘fascista’ contra la ‘democrática’ Gran Bretaña. ¿Por qué? Porque el conflicto entre ellos no será una cuestión de democracia o fascismo. Si Inglaterra sa­liera victoriosa, pondría otro fascista en Río de Janeiro y colocaría dobles cadenas al Brasil. Si por el contrario Brasil fuera victorioso, daría un pode­roso impulso a la conciencia nacional y democrática del país y conduciría al derrocamiento de la dictadura de Var­gas. La derrota de Inglaterra daría al mismo tiempo un golpe al imperia­lismo británico y un impulso al mo­vimiento revolucionario del proleta­riado británico. Verdaderamente uno tiene que tener la cabeza vacía para reducir los antagonismos mundiales y los conflictos militares a la lucha entre fascismo y democracia. ¡Bajo todas las máscaras, uno debe saber cómo distinguir a los explotadores, los esclavistas y saqueadores!”9.

En última instancia, nosotros opina­mos junto a Lenin que “los marxistas, (…) reconocemos la necesidad de es­tudiar históricamente (desde el punto de vista del materialismo dialéctico de Marx) cada guerra en particular.”10 Compartir la trinchera, sin subordinación política Es importante comprender que des­de el punto de vista militar (y político) existen dos conflictos. Por un lado, la guerra civil en Siria, con sus propias contradicciones, donde ningún bando es progresivo. Y por el otro, la amenaza de EEUU y otras potencias imperialistas aliadas de atacar Siria (donde se expre­san tensiones con Rusia y China), frente a la cual para un revolucionario no ca­ben dudas en que hay que tomar posi­ción por la derrota del imperialismo. No ponemos por delante la denun­cia de Al-Assad para desarrollar la más amplia unidad de acción contra la intervención de carácter imperialis­ta que EEUU se apresta a perpetrar. Pero lo contrario, es decir poner el apoyo a Al-Assad por delante, a la hora de rechazar un ataque imperia­lista que nada bueno prepara para el pueblo sirio, no sólo no desarrolla la oposición a la agresión, sino que es de un oportunismo político insoslayable. Sostenemos abiertamente que Al-Assad no representa los intereses de los trabajadores sirios y mantene­mos nuestra absoluta independencia política y libertad de crítica, reser­vándonos el derecho de llamar a los trabajadores y el pueblo sirio a derro­car por sus propios medios y en total independencia del imperialismo y las distintas alas de su burguesía nacional a la Dictadura de Al-Assad. Una inde­pendencia política que la sostenemos también para los gestores “progres” del capital, como Chávez, Correa, Evo Morales, etc., que tan en estima tienen las corrientes estalinistas. Sobre las armas químicas, ¿miente Obama? Es probable. ¿Miente Al-Assad? También es probable. Esto no cambia nuestro rechazo a cualquier agresión imperialista. Sin embargo a veces el silencio es la peor de las mentiras. Y de silencios sobre quién es Al-Assad, están llenas las páginas de las organizaciones de cualquiera de las tradiciones estalinistas. Que los norteamericanos pretendan atacar Siria no convierte a Al-Assad en un buen chico. Mucho menos an­tiimperialista, laico y amado por todo su pueblo, como lo quieren presentar.

NOTAS

1 Para ampliar el análisis ver Juan Chingo, Siria, como revelador de la crisis hegemónica norteamericana.

2 http://kaosenlared.net/america-latina/ item/67207-santiago-alba-rico-la-rda-y-las­dicotom%C3%ADas.html

3 Nega (LCDM), Santiago Alba Rico, la RDA y las dicotomías, http://www.lahaine.org/index. php?p=71417

4 Manolo Romano, Polémica con la LIT y el legado teórico de Nahuel Moreno, http://www. ft.org.ar/estrategia/ei3polemica_con_moreno. html

5 Declaración de la LIT-CI 15/08/2013.

6 Ver http://www.clasecontraclase.org/Ver…

7Manuel Sandoval, Siria: La LIT-CI le capitu­ la a Obama http://www.elsoca.org/index.php/ revista-1857/articulos-destacados/3061-pole­mica-siria-la-lit-ci-le-capitula-a-obama.

8 Ernest Mandel, El poder y el dinero, Siglo XXI Editores, 1994, págs. 97 y 98

9 Entrevista a León Trotsky realizada por Ma­teo Fossa en México el 23 de Septiembre de 1938.

10 Lenin, La actitud del P. O. S. D. R. ante la guerra. http://www.marxists.org/espanol/lenin/ obras/1910s/1915sogu.htm

 

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